Des bouts de miroir

Crítica cultural y otros fragmentos. Un blog de Iris Carrera Lago.

Proyecto Abecedario #03: C de Chocho

Os parecerá mentira, pero sí. El azar señaló nada menos que la palabra “chocho” para la letra C de este maravilloso proyecto, que quizá está resultando algo menos poético de como lo imaginé a priori.

Ahí va la definición:

chocho1

Del mozár. šóš, y este del lat. salsus ‘salado’, por prepararse así habitualmente.

1. m. altramuz (‖ fruto).

2. m. Confite, peladilla o cualquier dulce pequeño.

3. m. Col. y R. Dom. Árbol leguminoso de hojas pubescentes y semillas de color rojo encendido.

chocho2, cha

De or. onomat.; cf. port. chôcho ‘[huevo] huero, podrido’.

1. adj. coloq. Que chochea.

2. adj. coloq. Lelo de puro cariño.

3. adj. coloq. Arg. y Ur. satisfecho (‖ complacido, contento).

4. adj. El Salv. nicaragüense. Apl. a pers., u. t. c. s.

chocho

1. interj. Nic. U. para expresar asombro, alegría, admiración, etc.

chocho3

Del quechua chuchu.

1. m. Perú. Semilla comestible del tarhui, que se remoja para extraerle el amargor y la acidez, antes deconsumirla.

2. m. Perú. Ensalada de granos de tarhui cocidos, con cebolla y limón.

chocho4

De or. expr., con ch– para indicar blandura; cf. chichi2chocha2 y chucha.

1. m. vulg. coño (‖ vulva y vagina).

Y a continuación os dejo los resultados:

FOTOGRAFÍA

TEXTO

Chocho. Chocho es como se llamaban entre sí mis compañeras de clase en el instituto. “¡Hola, chocho!”, se decían unas a otras, abrazándose como si llevaran un año sin verse, sus pendientes de aros tamaño percha de loro, sus tangas asomando por encima del pantalón. “Chocho, ¿qué tal?”, “chocho, te amo”. No lo soportaba. Me daba grima, me daba asco. Me parecía que de mal gusto, de barriobajeras sin educación. También me parecía hipócrita. Veía a esas mismas chicas hablando mal unas de otras a la primera ocasión que se presentase. Las veía envidiarse mutuamente, las veía tontear con el mismo chico, cada una esperando que se fijase más en ella que en las demás. Eso sí, juntas hacían un gran equipo. Juntas me miraban mal desde su abrazo chochil, me insultaban en voz baja, lanzaban risillas cómplices. Venían de la mano a hablarme, a investigar al bicho raro, a buscar nuevo material para su diversión vil.

A mí nunca nadie me llamó chocho. Algunos días me daba pena. Otros me producía alivio. Ahora ya no siento pena, ahora ya solo siento alivio. Pero la palabra ya no me parece horrible. Ni asquerosa. Ni barriobajera. Ahora conozco a Almodóvar. Ahora tengo muchos chochos a mi alrededor. Chochos estupendos, chochos maravillosos. Chochos que no me llaman chocho, pero que me aman. Quiero vivir rodeada de chochos. Porque, con todos sus estrógenos, con toda su oxitocina, con toda su sangre que baila con la luna, los chochos me abrazan y me oyen. Los chochos tienen orejas y saben usarlas muy bien. Los chochos tienen brazos que mecen y que calman. Los chochos tienen vida, mucha vida, y la regalan. Chochos también los hay interiores. Hay quien no tiene chocho físico, pero sí tiene chocho espiritual. Si tuviera que  rezar a alguien, le rezaría a la virgen del chocho, que es de todo menos virgen, pero que materializa más imposibles que Santa Rita. Gracias, virgen del chocho. Sin chochos mi pozo no tendría final. Gracias, virgen del chocho. Sin chochos pensaría que estoy loca tres veces al mes. Gracias, virgen del chocho. Sin chochos no habría aquelarres, y sin aquelarres no habría forma de ahuyentar a los monstruos. Gracias, virgen del chocho. Sin chochos, yo no sería ya más que un animalillo atropellado. Gracias, virgen del chocho. Sin chocho, yo no sería chocho. Porque al final resulta que sí. Que aunque nadie me lo llamara en el instituto, “chocho” también soy yo.

CANCIÓN

La rumba de la virgen del chocho

BONUS TRACK

Reflexiones sobre el proceso

Lo reconozco, no estaba demasiado inspirada. Tiré de lo que me evocaba la palabra, y eso me llevó a territorios más autobiográficos (la eterna discusión, ¿la “autoficción” es solo terapéutica o también es literatura?). Pero una vez que tuve el texto y la foto no sabía por dónde más tirar. Sin embargo, me gustaba la idea de la virgen del chocho y pensé que no estaría mal dedicarle una canción. De ahí salió la rumba, muy típica y tópica, pero que creo que cumple su función. También me apetecía hacer un collage, pero finalmente no me dio tiempo y he incluido un gif con algunos de los elementos que quería utilizar. En cualquier caso, sigo con la idea del proyecto de no detenerme aunque piense que los resultados no son óptimos. ¡Si me dejara llevar por el impulso autodestructivo, al final no haría nada!

Proyecto Abecedario #02: B de Barbacoa

Cuarta semana, segunda letra. Se cumple un mes desde el inicio del Proyecto Abecedario, y aquí os dejo los frutos de la letra B, para la que me tocó, aleatoriamente, la palabra Barbacoa. Aquí la definición:

Quizá del taíno barbacoa.

1. f. Parrilla usada para asar al aire libre carne o pescado.

2. f. Conjunto de alimentos preparados en una barbacoa. Comerse una barbacoa de pescado.

3. f. Bol., Guat., Méx. y Perú. Conjunto de palos de madera verde puesto en un hoyo en la tierra, a manera deparrilla, para asar carne.

4. f. C. Rica y R. Dom. emparrado (‖ armazón que sostiene la planta trepadora).

5. f. Cuba, Ec. y Méx. Andamio en que se pone el que ha de vigilar los maizales.

6. f. Cuba, Ec. y Perú. Casa pequeña construida en alto sobre árboles o estacas.

7. f. Cuba, Ec. y R. Dom. Zarzo o tablado tosco en lo alto de las casas, donde se guardan granos, frutos, etc.

8. f. Ec. y Perú. Zarzo cuadrado u oblongo, sostenido con puntales, que sirve de camastro.

Y aquí van los resultados:

TEXTO

Cuando me dices que vaya a tu casa, que haces una barbacoa, me acuerdo de repente de lo antisocial que soy. No me apetece verte sudar mientras le das la vuelta a esa salchicha. No me apetece ver a tus amigos riéndose con sus propios chistes machistas. No me apetece verme a mí misma haciendo chistes que solo me hacen gracia a mí. Menos aún que tu vecino llame al timbre porque estamos siendo felices a las once y cinco de la noche. No me apetece odiar a tu vecino. Este fin de semana, no. Tampoco quiero ir a tu baño y ver que tienes una de esas básculas modernas y no poder resistir la tentación de pesarme y ver que estoy como una foca y que ya me he comido tres kilos de carne en tu fiesta, no quiero que me entren ganas de vomitarla o de no comerme el postre. No quiero que cuando me digan quédate un rato más sienta como si lo dijeran por compromiso. Tampoco quiero verle la cara de celos a tu ex novia cuando me eches algún piropo de esos que me dan asco, que me dan pena, que me dan horror, incluso. No voy a ir a tu barbacoa, lo siento. Tengo muchos planes este fin de semana. Como quedarme en el sofá dos horas y media sacándome mocos. Como mirar al techo veinte minutos. Como tirar muchas veces la basura. Como entrar en la cocina, ver lo sucia que está y volver a salir y decidir no cenar. Como no sé, sentarme aburrida y tirarme de los pelos por no haber ido a tu puñetera barbacoa.

VÍDEO

CANCIÓN

Reflexiones sobre el proceso

Esta vez la palabra no era tan inspiradora o “poética”, pero precisamente por eso hizo aflorar otro tipo de piezas con algo más de malicia. Es interesante adentrarse en las distintas facetas que nos componen, y creo que este proyecto va a ser útil para explorarlas…

Proyecto Abecedario #01: A de Aberración

Empiezo un nuevo proyecto, con el objetivo de regalar algo de coherencia y constancia a mis actividades artísticas, que son siempre dispersas y no todo lo regulares que me gustaría.

Este es un proyecto multidisciplinar en que cada dos semanas escogeré al azar de un diccionario una palabra con una letra, siguiendo el orden del abecedario (así, la primera semana una palabra con la A, al cabo de dos semanas una palabra con la B y así sucesivamente). Con la palabra correspondiente trataré de hacer un mínimo de 3 pequeñas piezas artísticas de entre las siguientes: fotografía, texto breve en prosa, poema, canción, pieza audiovisual experimental o documental, collage.

Así, aproximadamente, a lo largo de 1 año habré completado el trabajo con 27 palabras, cada una de ellas correspondiente a una letra del abecedario.

A partir de ahora iré publicando en el blog (espero que sin abandonar las habituales críticas culturales, pero añadiendo esta nueva modalidad de post) los avances del proyecto, haciendo cada dos semanas un resumen de los frutos que ha dado trabajar con la palabra correspondiente. Además, haré un seguimiento más “inmediato” del proyecto mediante mi cuenta de Instagram @irisclago .

Para la letra A, la palabra surgida del azar hace 2 semanas fue Aberración. Os copio aquí la definición de la RAE:

Del ingl. aberration, y este del lat. aberratio, -ōnis ‘desvío’, ‘distracción’.

1. f. Grave error del entendimiento.

2. f. Acto o conducta depravados, perversos, o que se apartan de lo aceptado como lícito.

3. f. Astron. Desvío aparente de la posición de los astros, debido a la combinaciónde la velocidad de la luz con la de los movimientos de la Tierra.

4. f. Biol. Anomalía morfológica o fisiológica extremas.

5. f. Ópt. Imperfección de un sistema óptico que produce una imagen defectuosa.

De ahí, han salido los siguientes resultados:

FOTOGRAFÍA

Esta foto es en realidad una captura de unas pruebas de vídeo que hice para el proyecto

TEXTO EN PROSA

Se me deforma la memoria y se me deforman los deseos. Me confunde este efecto óptico de la vida, estas gafas soldadas al cráneo que me hacen ver el mundo cada día de un color. Me inquieta no saber si esto que hoy veo tan importante mañana me parecerá ridículo, si esta semilla dentro de un mes será pan en mi recuerdo, si esta silla que hoy me parece tan cómoda me producirá un dolor de espalda insoportable el año que viene. Dónde está la seguridad, en ningún sitio. La realidad es aberrante en sí misma, no hace falta ni siquiera un cristal que la deforme. Me gustaría fabricar un caleidoscopio y al menos deformarla a mi manera. Veo a la gente de lejos y me parece pequeñísima y pienso en lo pequeñísima que pareceré yo desde donde están ellos. Pienso en un país lejano y aparece lleno de líneas curvadas y colores extraños, como si estuviera dentro de un cuadro expresionista. Leo un periódico y todo se me mancha con su tinta, las manos y los sesos. Salgo de casa y me mareo porque es la ciudad de siempre pero algún rincón de mi mente no la reconoce como propia. Entro en casa y me mareo porque es la casa de siempre pero algún rincón de mi mente no la reconoce como propia. Miro la cuenta del banco y me mareo. Me mareo demasiado. Será por eso que el mundo me parece aberrante, será el mareo que me altera la percepción. Retiro lo dicho, las percepciones están alteradas por naturaleza, ¿no? Están alteradas si las comparamos con cualquier otra porque todas son diferentes. Cada una alterada respecto al resto. No hay un estándar. Algunos dirán que sí. Me parecerán estúpidos. Sentiré miedo de no pensar lo mismo mañana. De pensar que son unos genios mañana. Pero todo se solucionaría unos días después, seguramente, gracias a esta percepción cambiante que me ha regalado no sé quién. Qué alivio.

POEMA

Le doy la vuelta
a mi globo ocular,

pero algunas hormigas
siguen pareciendo iguales.

CANCIÓN + VÍDEO EXPERIMENTAL

Primero hice el vídeo, y a partir de este surgió la idea de la canción

Reflexiones sobre el proceso

Ha sido muy interesante que estas dos semanas haya surgido un proceso “en cadena” en que unas piezas se alimentaban de otras: a partir del primer texto surgió la idea de un vídeo, del que acabé sacando la fotografía; de otro vídeo con la misma técnica salió la idea de la canción. Así que de momento estoy feliz con los resultados, pero también dudo si ha sido la típica ilusión que se presenta al inicio de un proyecto, y temo que para las siguientes letras sea más complicado. En cualquier caso, es un buen inicio.

D’A 2020: My Mexican Bretzel y otras perlas

Captura de pantalla 2020-05-05 a las 0.49.46Fotograma de ‘My Mexican Bretzel’

De lo visto este año en el D’A (que, afortunadamente para muchos, ha tenido que realizarse online y ha puesto su programación a disposición de todos los usuarios de Filmin), tengo muy claro que la joyita de la corona es My Mexican Bretzel. Y no lo digo solo yo, dado que se ha llevado un muy merecido Premio del Público.

La película nos presenta la historia de una mujer que vivió en los años 40-60, Vivian Barrett, a través de textos de su diario íntimo (a modo de subtítulos en la pantalla) y de las filmaciones caseras de su marido, León Barrett.

Ya sus ingredientes principales, las home movies y el diario íntimo, son dos de mis obsesiones, por lo que puede que mi percepción esté algo sesgada, pero os recomiendo de corazón esta pequeña perla que subvierte las convenciones del documental y de la ficción, de casi todo en realidad, y nos hace cuestionarnos por qué las historias reales nos atrapan, cuáles son los mecanismos que rigen nuestra curiosidad, hasta qué punto importa si las historias que se nos explican son o no verdaderas.

Captura de pantalla 2020-05-04 a las 23.47.52Fotograma de ‘My Mexican Bretzel’

Ya sabemos que uno de los métodos que se utilizaban para captar al lector en épocas como el romanticismo era que la historia fuese narrada por un testigo, o que se sugiriese que esta pudiera estar basada en un hecho real. Hay un resorte que tenemos dentro y que se dispara cuando creemos estar mirando por un agujerito hacia la intimidad de otra persona, o deleitándonos con los detalles más escabrosos de un crimen que no nos afecta, o, en realidad, siendo testigos cualquier desgracia ajena.

Es por eso que la película tal vez no nos calaría tan hondo si desde el primer momento la mirásemos bajo el prisma de la ficción.

En cualquier caso, la verosimilitud del personaje protagonista, Vivian Barrett, nos lleva a la identificación y nos acerca a una manera bella de mirar el mundo, desde lo pequeño, desde lo que cada uno de nosotros atesora en su interior o, como en esta historia, en las páginas de un diario.

Las imágenes, filmadas por los propios abuelos de la directora, nos transportan y nos mueven con un silencio que a veces se me antoja excesivo. Pero, tal vez por eso, algunas de ellas se quedan profundamente impregnadas en la memoria.

Al mismo tiempo, se nos hace evidente el contraste entre el lenguaje literario (diario de Vivian) y fílmico (filmaciones de su marido), dos lenguajes que chocan y se acompañan a partes iguales, que nos muestran dos modos de ver y pensar el mundo.

No diré más, solo os recomiendo verla, disfrutarla y dejar que entre en vosotros poco a poco (a mí sus entresijos se me han ido tejiendo dentro mucho después de haberla visto en la pantalla).

still_1_3_790x398Fotograma de ‘Video Blues’

En la línea del videodiario, en este caso más centrado en la autoficción, me gustaría destacar Vídeo Blues, de Emma Tusell, montadora de películas maravillosas como Magical Girl. En el film, la directora revisa home movies familiares desde su infancia hasta la actualidad, al mismo tiempo que mantiene un diálogo fuera de campo con su pareja. Oír las voces de ambos conversando (ella, narrando su historia familiar; él, interpelándola constantemente) hace que nos sintamos cercanos al proceso de creación de la película, dotándola de un metalenguaje delicioso. La película tiene, además, como casi toda autoficción, un componente de redención que terminamos por sentir también en nuestra propia piel, como si se nos liberase del peso del tiempo. Video Blues también es un diálogo con la muerte, el duelo y la aceptación.

Dejando de lado estas piedras preciosas, el festival también me ha hecho ver que con la autoficción, el videodiario y estos ingredientes que tanto me gustan, también se pueden hacer mediocridades, ejercicios de ego sin sentido e incluso verdaderas aberraciones. Pero esto me daría para otro post sobre “malas prácticas” audiovisuales. La verdad es algo que no depende de la ficción, tampoco de la no ficción. La verdad es algo que se ve, se percibe. Y esa verdad no la vi en algunos títulos que no voy a mencionar.

431952F2-6705-4189-849A-023E26BEF7D5-696x383Fotograma de ‘Violeta no coge el ascensor’

Ya saliendo del terreno del material de archivo, pero sin abandonar la exploración del límite entre ficción y realidad, nos encontramos con otra película hecha con mucho mimo que nos trae un ratito de verano en un momento en que resulta bastante necesario: Violeta no coge el ascensor, de Mamen DíazEsta bonita adaptación de Hannah Takes the Stairs (reconozco que no conocía la original) nos presenta la historia de Violeta, una joven que se busca a sí misma a través de su relación con los demás.

La película puede parecer superficial en algunos momentos, pero en otros alcanza un nivel de profundidad sorprendente, que contrasta con su aire despreocupado e incluso humorístico. Interesantísima me parece la cuestión central (y a la vez, tratada solo sutilmente) de la película: la responsabilidad sobre los cadáveres emocionales que dejamos a nuestro paso.

La realización es tremendamente naturalista, recordando a la nouvelle vague y se supone que al llamado Mumblecore (nueva adquisición en mi diccionario audiovisual). Incluso se añaden pequeñas pinceladas metacinematográficas, con la arriesgada decisión de  alargar algunas escenas hasta el “corta, es buena” o incluir en ellas indicaciones de la directora; y digo arriesgada porque esta opción de montaje podría sacarnos totalmente del pacto de ficción, pero en cambio, de algún modo consigue dar más gravedad a lo que se nos intenta contar, y llevarnos a un terreno poco explorado.

Captura de pantalla 2020-05-07 a las 18.39.04Fotograma de ‘Le regard de Charles’

Otras películas bonitas que he visto en el festival son Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin, de Herzog, Le regard de Charles (Aznavour) Andrey Tarkovsky. A Cinema Prayer, de las que no diré mucho más porque todas vienen avaladas por grandes nombres.

También This Is Not a Burial, It’s a Resurrection merece una mención, película bellísima sobre el arraigo, con una fotografía espectacular y una protagonista imponente. Y, cómo no, debo referirme también a la ganadora del Premio del Jurado, Un blanco, blanco día, curioso (aunque en mi opinión no brillante) thriller sobre el proceso de duelo y la infidelidad, rodado en una Islandia sobrecogedora a la par que luminosa (a modo de anécdota destacaría su punzante y divertida crítica a cierto tipo de  psicólogos).

20thcentury_0heroFotograma de ‘The 20th Century’

Y, como bonus track, las dos pelis más frikis del festival: Jesus Shows You the Way to the Highway (con la que Miguel Llansó vuelve a su especialísima ciencia-ficción etíope, esta vez mezclada con el cine de espionaje y, como siempre, con una buena dosis de crítica social) y The 20th Century, de Matthew Rankin. Esta última me dejó bastante alucinada. Se trata de un biopic sobre un personaje real, William Lyon Mackenzie King, ex primer ministro de Canadá, aunque me pregunto si en la historia que se cuenta hay algo de verdad. Pocas veces veréis un biopic en que el protagonista quede tan mal parado, y difícilmente un biopic tan poco aburrido sobre un político. Muy recomendable para echarse unas risas y salir un poco de nuestro limitado espacio mental hacia mundos más oníricos con una película rebosante de imaginación que, si bien tiene sus dejes de otros directores, también conserva algo de genuino que se hace loable en una ópera prima.

Y hasta aquí mi repaso del D’A 2020. Me he dejado por el camino títulos del festival que ya había visto previamente (como Las Buenas Intencionesuna cinta argentina entrañable que pasó por San Sebastián y que os recomiendo ver si os estáis divorciando), otras que no me ha dado tiempo a ver, y otras que, sencillamente, no me han entusiasmado.

En cualquier caso, esta ha sido una edición especial muy aprovechada, con la interesante ventaja de poder ver las películas desde el sofá, aunque con la tristeza de no poder compartir sala y emoción con compañeros de profesión y espectadores. Esperemos volver a encontrarnos pronto en las salas de cine…

 

 

 

 

No voy a pedirle a nadie que me crea – Acrobacia narrativa y espectáculo de variedades (lingüísticas)

1507-1.jpgTengo la sensación de que últimamente no leo más que libros de Anagrama, ¿estaré cayendo en la monogamia literaria? Pero es que son todos tan buenos… Ay.

La última joya de esta editorial que ha caído en mis manos ha sido No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos. Todavía estoy palpitante de satisfacción tras su lectura; hacía tiempo que no leía una novela tan redonda, tan bien escrita, tan matemáticamente perfecta.

No voy a pedirle a nadie que me crea funciona como un reloj. Nada es casual y (casi) todo lo parece, la trama está articulada con premeditación y alevosía, y cada nueva información revelada abre una brecha de luz en el laberinto de incertidumbre que construye. Además, nos encontramos aquí de nuevo (como en la última novela que comenté) con un juego de autoficción, en este caso maquiavélicamente ambiguo, en el que parece que el autor nos esté narrando su propia vida, pero mezclada con una trama casi surrealista. Y digo casi porque al final resulta ser más realista de lo que uno querría.

¿Pero esto te pasó de verdad? Dan ganas de preguntarle al autor, cada tres páginas. No voy a pedirle a nadie que me crea, nos respondería Villalobos.

La novela empieza con la narración en primera persona del protagonista, Juan Pablo, que nos cuenta cómo su primo, apodado “El proyectos”, es asesinado ante sus propios ojos por una organización criminal en México, su país de origen. Juan Pablo está a punto de marcharse con su pareja a Barcelona a estudiar un doctorado, y los asesinos de su primo le anuncian que les servirá de ayudante –quiera o no, sobra decir– para un “negocio” que tienen entre manos en la ciudad catalana.

A partir de este punto comienza una historia entre policiaca y detectivesca que mantiene al lector en vilo en todo momento, y en la que las voces narrativas se van mezclando para formar un puzzle colorido y diverso.

Así, los capítulos van intercalando narradores, véase el propio Juan Pablo; su madre; su primo “El proyectos” (¿cómo dar voz a un muerto en la narración? Léanlo y lo descubrirán), y su novia Valentina a través de su diario íntimo. Este rompecabezas de voces, además de aportar originalidad a la novela y dar aire a la trama, está tremendamente bien escrito y revela con acierto las identidades de unos personajes caracterizados a la perfección, tanto a través de las diversas variedades lingüísticas utilizadas, como mediante los rasgos estilísticos que Villalobos otorga a cada personaje. Por ejemplo, la madre del protagonista se refiere a sí misma en todo momento como “tu madre”, así, en tercera persona, un detalle de tantos que me pareció una pequeña genialidad.

Por otro lado, es ineludible el uso del humor en la novela. Toda ella está escrita al borde de una media sonrisa sardónica, burlándose con perspicacia de todos y cada uno de los personajes, más todavía del que representa al propio autor. Un humor que no resulta artificioso, sino que se integra de manera orgánica en la narración y en los diálogos.

En cuanto a la trama, Villalobos tiene la capacidad de ir complicando cada vez más las cosas sin que perdamos, como lectores, la esperanza de que todo acabe hilándose perfectamente al final. Y esto es lo que ocurre; al terminar la novela, después de compartir con los personajes un camino repleto de callejones sin salida y recovecos misteriosos, tenemos la sensación de que una red se ha ido tejiendo en el cielo, sujeta por la levedad del humor, y de repente se desploma sobre nosotros con toda la gravedad del mundo y nos deja atrapados en una inquebrantable jaula de lucidez.

El gran logro de esta novela (además de la magistralidad con la que camina de puntillas sobre el cable que separa realidad de ficción), es el de narrar con ligereza la verdad más cruda, el de hacernos tragar sin que nos atragantemos todo aquello que en un periódico se nos haría insoportable.

No la dejéis pasar, es un novelón como la copa de un pino (ya vale de palabros). No en vano se llevó el Premio Herralde de Novela. Y lo mejor de todo: su autor todavía tiene una larga carrera por delante, en la que, espero, nos deleitará con otras maravillas como esta.

 

Dead To Me – Humor cítrico en femenino

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Lo cierto es que no soy ninguna friki de las series, pero me parece el formato ideal para ver mientras como, y me había quedado huérfana tras la quinta temporada de Younger. Sí, confieso ser una enamorada de las series no sé si decir “de amigas”, o “de mujeres que beben cócteles” o “con mujeres como protagonistas”, simplemente. Para muestra un Sexo en NY o, como ejemplos más recientes, Girls de Lena Dunham, o la propia Younger, una serie que me ha proporcionado muchos momentos de felicidad en el sofá acompañada de unos bomboncitos, y que ya comentaré otro día.

Pero desde Mujeres desesperadas no encontraba una serie que combinase thriller, protagonistas femeninas y humor algo ácido o cínico. Cuando vi en Netflix, de casualidad, las primeras imágenes de Dead to me, estuve casi segura de que se trataba de un cóctel muy parecido a ese, y no me equivocaba. La primera temporada me ha tenido completamente enganchada, y encantada, durante una corta semana.

La serie parte de la siguiente premisa: Jen, una mujer de mediana edad y madre de dos hijos, acaba de perder a su marido a causa de un atropello. Ya de por sí de carácter irritable, Jen está llena de ira y busca sin descanso el coche que causó la muerte de su marido (y a su conductor, claro está). Además, decide apuntarse a una terapia de grupo para afrontar el duelo, que desde el primer momento le parece odiosa. Allí conoce a Judy, una chica con un carácter dulce completamente opuesto al suyo; ella se convertirá en su amiga y en su gran apoyo para superar la pérdida. SPOILER ALERT CAP. 1/2: Al final del primer episodio, sin embargo, descubriremos que Judy fue en realidad quien atropelló al marido de Jen. Ella se debatirá durante toda la temporada entre contarle a Jen lo sucedido o seguir ocultándolo, en beneficio de su amistad. FIN DEL SPOILER. A partir de aquí, giros continuos de la trama nos mantendrán enganchados sin remedio, en una historia que cuenta con todos mis ingredientes fetiche: thriller, mujeres, humor cínico y cócteles.

La trama está maravillosamente trabada y los detalles se nos desvelan de un modo perfectamente calculado, a su debido tiempo. Además, la serie nos plantea conflictos morales que dan mucho que pensar. ¿Los muertos son siempre los buenos? ¿Debe estar siempre la sinceridad por encima de todo? La amistad y la traición se codean, la línea que divide la bondad y la maldad se hace tan difusa como en la vida misma.

Una de las grandes fortalezas de la serie son sus dos personajes protagonistas, de lo más redondos; su transformación a lo largo de los 10 capítulos que forman la temporada y la identificación que consiguen generar es espectacular. Y a mí, en concreto, el personaje de Jen y su enemistad con el mundo me parece magistral. A su vez, Judy le hace de contrapunto con su candidez extrema, y la mezcla de sabores dulces y ácidos de los dos personajes acaba por ofrecernos una combinación cítrica ideal.

Ahora, no esperéis una ficción alternativa ni indie ni artie. Es lo que es: una serie americana con todos sus tópicos, con sus mansiones maravillosas, con sus piscinas y sus copas de vino, con sus abueletes afables y sus adolescentes rebeldes. Una buena serie construida desde el canon, que no os defraudará si buscáis entretenimiento, risas y, ya de paso, unos cuantos temas sobre los que discutir con quien os acompañe en el sofá.

 

Nada se opone a la noche: autoficción de riesgo

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Leí Nada se opone a la noche después de una especie de “barbecho literario”, en el que no había podido terminar ni un solo libro en dos meses. Dos amigas y buenísimas recomendadoras me hablaron de él, cada una por un oído, y me entró el gusanillo.

Nada más leer los primeros capítulos me quedé enganchada, tal como me habían advertido que pasaría. Lo que más me cautivó al inicio fue su forma de usar la metaliteratura; el libro alterna capítulos de la trama con otros en los que la propia autora habla del proceso de escritura, y de lo difícil que le resultó dar con la manera de hacer frente a una obsesión: la de escribir sobre su madre, fallecida meses atrás. Así, la autora trata de crear un híbrido entre realidad y ficción, narrando la infancia de su madre y la convivencia de esta con sus padres y hermanos, y confesando a los lectores en capítulos alternos la ardua tarea con la que se ha tenido que enfrentar para crear la historia: entrevistas a familiares, fantasmas del pasado, cintas de casete olvidadas.

Más adelante, en la segunda parte del libro, la autora aparece ya como personaje. Su madre ya ha llegado a la juventud y tenido una hija, la autora, y más tarde otra, su hermana. En este momento abandona la tercera persona en la narración y se hace con la primera, convirtiendo esta segunda parte, y luego también la tercera, en un artefacto más cercano a la autobiografía que a la ficción. Los capítulos en los que la autora nos explica cómo se enfrenta al proceso creativo están cada vez más entremezclados con la trama, de modo que el juego de hibridación pierde algo de interés.

Respecto a los temas, son diversos y muy interesantes: las relaciones familiares, la enfermedad mental, el incesto. Respecto a este último punto, opino que la autora no se posiciona lo suficiente, tal vez por el hecho de tener a toda una manada de familiares esperando leer la novela con las escopetas cargadas; en cierto momento del libro se narra una serie de episodios de abuso sexual (tal vez acoso, la línea entre estos dos conceptos parece cada vez más delicada). La autora, lejos de condenarlos abiertamente, concede al agresor el beneficio de la duda. No entraré en spoilers directos, pero en cualquier caso, tal como se explican los hechos en el libro y habiendo no solo una, sino varias víctimas, me parece que la posición de la autora debería ser clara y tajante respecto a esta cuestión.

Con estos datos podéis imaginar que un punto clave en este libro es la implicación de la autora respecto a una trama de la que ella misma forma parte. La objetividad no existe, pero en este caso todavía menos; la autora nos ofrece una visión de la historia de su madre que trata de aunar testimonios y versiones, pero que al final no deja de estar, sobre todo, teñida por la mirada de una niña que vivió toda su infancia con miedo; que tuvo, desde muy pequeña, que desempeñar un rol de más responsabilidad de la que le hubiera tocado; una niña que vivió de cerca el trastorno bipolar de su madre, y a la que todavía le cuesta perdonar.

Así, el libro nos permite una reflexión sobre la enfermedad mental, sobre cómo esta afecta al entorno, y también sobre cómo el entorno puede ser el causante de esta. Y, al mismo tiempo, nos da mucho que pensar acerca de la autoficción, de sus límites con la autobiografía y de los riesgos que entraña.

De todos modos, y aun con el “exceso autobiográfico” que en mi opinión desprende, la trama tiene gran interés y en pocos momentos permite al lector separar la mirada ávida de las páginas; la información está inteligentemente repartida en los capítulos para mantener el interés en una historia familiar compleja y plagada de entresijos, y por momentos logra hacernos empatizar hasta la más pura congoja.

Os recomiendo, pues, su lectura, pero sin dejar la mirada crítica olvidada en la mesilla de noche.

‘El mundo deslumbrante’, de Siri Hustvedt

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Pues sí, aquí estoy después de un año sin publicar. Cronos está hambriento, sin duda.

En cualquier caso, allá voy con mi última lectura, El mundo deslumbrante de Siri Hustvedt, que ha hecho honor a su nombre deslumbrándome en cada tarde que le he dedicado de este verano que ya titila antes de apagarse.

Lo primero que llama la atención del libro es su planteamiento formal: a través de aparentes testimonios, recortes de prensa y fragmentos de diarios íntimos, se nos presenta a la protagonista Harriet Burden desde un complejo poliedro de puntos de vista. Aparentemente, estamos ante un personaje real, o eso se da a entender desde el mismísimo prólogo, en que la autora nos cuenta cómo llegó a la historia de Burden y cómo se decidió a editar los textos recogidos en el volumen. Aún conociendo la existencia del mockumentary en audiovisual, no me había topado aún con esa misma técnica en una novela, y me ha sorprendido muy gratamente.

Por otro lado, los temas que plantea El mundo deslumbrante son de un interés profundísimo: cómo juzgamos la obra de arte no solo por su contenido, sino también por su autor/a o por quien creemos que lo es; la hipocresía, las apariencias y los prejuicios (y el “postureo”, que diríamos ahora) en el mundo del arte; la ambición de conquistar el éxito y cómo esta puede desembocar en una frustración vital irresoluble; las múltiples identidades que una sola persona alberga dentro de sí, y muchos otros temas igual de apasionantes. Todo cuanto el libro plantea da para eternas sobremesas o para intrincadas contiendas filosóficas.

“¿Por qué la gente ve lo que ve? Tiene que haber convencionalismos, si no, no veríamos nada. Todo sería un caos. Tipos, códigos, categorías, conceptos”

Con la emoción, casi me olvidaba de contar el argumento. De hecho, ni siquiera haría falta, si vais a leer el libro podéis saltaros este párrafo; yo lo haría. Bien, pues a través de las múltiples voces (la de la propia protagonista a través de su diario, la de la crítica de arte con los “recortes de prensa” y las de sus allegados a través de testimonios) Hustvedt nos presenta la historia de Harriet Burden, artista viuda de un importante galerista que cae en el olvido (o, simplemente, bajo la etiqueta “la viuda de”) tras la muerte de su marido. Viendo que su arte es menospreciado por la crítica, bien a causa de su imagen, su carácter, su edad o simplemente por no llevar un pene colgando entre las piernas, Burden se decide a emprender un gran proyecto utilizando lo que ella llama “máscaras”: tres hombres artistas que presentan como suyas, respectivamente, tres exposiciones de las que la verdadera autora es Burden.

De esta manera, además de vengarse del superficial mundo de la crítica y las galerías de arte, que durante tanto tiempo la han ignorado, Burden (y, tras esta máscara,  Hustvedt) pretende llevar a cabo un interesante un experimento sobre la percepción del arte: ¿qué es lo que vemos cuando miramos una obra, la obra o a su autor? ¿Qué nos influye a la hora de valorar la calidad de lo que estamos mirando? ¿De qué habla la crítica en realidad, de las obras o de sus estupendos autores jóvenes y seductores, o exóticos y traviesos, o consagrados y cosmopolitas?

Los juegos de identidades planteados en el libro se acercan al juego de espejos enfrentados, uno tiene la sensación de asomarse al infinito porque tras una máscara hay siempre otra, y otra más. Y lo que asusta más, tal vez, es el descubrimiento de que la máscara puede tener más de nosotros mismos de lo que pensamos. Como dice la protagonista en uno de sus diarios:

“Los griegos sabían que la máscara que usaban en el teatro no era un disfraz, sino una forma de revelación”.

Por otro lado, la ternura y, simultáneamente, la dureza con las que Siri Hustvedt trata a su personaje-máscara es maravillosa: al final del libro, tenemos la sensación de conocer a Harriet Burden en toda su complejidad, de entenderla verdaderamente. Cómo entender a alguien si no es a través de defectos, y no solo de virtudes. Toda la cara B del personaje se nos muestra sin filtros, y muchas veces desde su propia voz. Así, los diarios nos sirven de ejemplo de cómo, la mayoría de las veces, somos nuestro peor y más desalmado crítico.

“Solo los buenos creen que no son buenos”.

También, a través de la relación amor-odio que la protagonista establece con la tercera de sus “máscaras”, Rune, vemos cómo encontrarnos con lo más odiado a veces solo nos muestra la peor parte de nosotros mismos.

Tal vez el final del libro (no, no voy a hacer spoiler) no sea tan acertado como su arranque o su desarrollo, pero me pregunto si realmente había otra forma de terminarlo.

Por último, me ha parecido espectacular la gran cantidad de referencias, citas, teorías filosóficas y neurocientíficas, la mayoría con su correspondiente nota al pie, que abren toda una galaxia  para abordar nuevas lecturas (en este caso ensayísticas o puramente teóricas) sobre los temas tratados en la novela. De hecho, me tiro de los pelos por no haberlo ido apuntando todo (salvo unos pocos títulos y los nombres de algunas autoras feministas que me resultaban de mucho interés), pero prometo volver al libro para hacer una lista detallada. Kirkegaard no se libra, eso sí; es el más citado del libro.

Y nada más, os dejo con la recomendación; si lo habéis leído ya, decídmelo y nos tomamos un café mientras me dure el síndrome “quierocomentarestelibropordios”.

“Quiero deslumbrar y hacer ruido y rugir. Quiero esconderme y llorar y abrazarme a mi madre. Pero eso nos pasa a todos”.

 

La reina de las nieves, de Carmen Martín Gaite

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Carmen Martín Gaite ya me había robado el corazón hace un tiempo con Nubosidad Variable, un cajón lleno de deliciosas cartas entre dos amigas de adolescencia que retoman el contacto, y que me tuvo una semana en barbecho literario después de terminarlo, como suele pasar con los buenos libros.

Y, ahora que acabo de terminar La reina de las nieves, me está volviendo a pasar lo mismo; soy incapaz de abrir otro libro, porque este todavía va dando vueltas por mi cabeza y las imágenes que he ido tejiendo de sus paisajes y de sus personajes me acompañan a todas partes: la Quinta Blanca -esa gran mansión que guarda todos los secretos-, los acantilados, el faro, la celda con luz de luna, el bar con la chica de las medias a rayas y con la cerillera Puck, un cuarto abarrotado de novelas subrayadas… Martín Gaite logra siempre crear universos que te absorben y te hacen dudar si no habrás vivido algún día en ellos, si tal vez ella no está haciendo más que recordártelos.

Esta novela es, además, un compendio de lecciones, de ideas y divagaciones que se cuelan entre las neuronas y empiezan a crear cortocircuitos casi sin que te des cuenta: el vértigo; la huida a mundos imaginarios; el cristalito que se nos mete en el ojo en el momento más inesperado; la importancia de desempolvar nuestros orígenes, lo que antes de que naciéramos ya estaba diciendo algo de nosotros mismos, lo que pasó a formar parte de nuestra identidad sin que nos diéramos cuenta.

La avispada Carmen domina la atención del lector a su antojo, juega con el tiempo, con la elipsis y con la variación del punto de vista, construyendo un puzzle complejísimo, casi tanto como aquel con el que Kay debía recomponer la palabra eternidad para la reina de hielo. Uno se siente desafiado, y a la vez acompañado por una calidez que aparece y desaparece: como la Señora de la Quinta Blanca, Martín Gaite se esconde a veces para observar al indefenso lector con una sonrisilla traviesa desde su escondrijo, y sale en su busca cuando le ve perdido en el frío; le tiende la mano y le lleva de vuelta al camino, para dejarle solo de nuevo ante el acantilado, con el viento entre los cabellos.

Recuerdo cuando yo tenía pocos años y estaba en una cafetería con mi madre; ella estaba leyendo este libro y me recitaba algunos pasajes, sobre todo los del cuento de Gerda y Kay. A mí me encandilaba imaginar aquella historia, y me ha vuelto a fascinar al leerla de adulta; he vuelto a querer ser la valiente Gerda que cabalga contra el viento sobre un reno hasta el palacio de hielo para descongelar el alma de su amigo. Pero, por primera vez, he tenido miedo de convertirme en Kay y que uno de estos días me pille desprevenida el viento y se me cuele un cristalito en el ojo.

La reina de las nieves huele a sal de mar y a cajones que llevan mucho tiempo cerrados, y, como las mariposas de Sila, ha dejado tras de sí un polvillo brillante que me recuerda que ahora es un poco parte de mí. Aunque tal vez ya lo era…

Curie, fuegos fatuos y la ligereza de vivir

La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero

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Retrato que Marie Curie dejó en el ataúd de Pierre Curie, su favorito, al que este se refería como “joven estudiante aplicada”.

 

Ayer terminé de leer La ridícula idea de no volver a verte, un libro que coincidieron en recomendarme una de mis mejores amigas y mi principal consejera literaria (por supuesto, mi madre). Y es que las coincidencias están presentes en este libro de principio a fin, tanto de forma literal, mentadas constantemente por la autora, Rosa Montero, como de forma más inmaterial, flotando en el aire a cada bocanada de lectura.

Este es un libro sobre el duelo, sobre la pérdida del ser amado. Y sobre Marie Curie, una de las grandes mujeres de la historia y prácticamente la única reconocida como tal por los libros que estudiamos de pequeños.

Rosa Montero remarca en todo momento la determinación y la valentía de Curie para abrirse paso en un mundo en que no era bienvenida, y lo hace sin beatificarla: de hecho, sugiere que ella no reivindicó en ningún momento su condición de mujer, sino más bien al contrario. Curie se consideraba una excepción, prácticamente un hombre, y el resto de mujeres, las “de verdad”, debían permanecer con sus labores y sus criaturas, haciendo “lo que se debe”. De este modo, el ensayo nos muestra la cara y la cruz de la admirable científica; sus logros profesionales y su gran fortaleza para entregarse a su trabajo al mismo tiempo que cumplía con el rol de madre y esposa que por aquél entonces se le exigía, pero también su falta de implicación en la lucha por los derechos de la mujer.

Así, con Curie y su coraje por bandera, Montero emprende un relato a través del breve diario que la polaca escribió al morir su marido Pierre, tejiendo una analogía con su propia historia, la de la pérdida de su Pablo tres años antes de escribir el libro.

Esta obra es una clara demostración de que cualquier cosa se puede contar de una forma atractiva. Yo no tenía prácticamente ni idea de la historia de Marie Curie, a pesar de años y años de colegio e instituto, de libros y libros de física y química. Rosa Montero logra adentrarse en aquello que llaman “divulgación científica”, y lo hace porque mezcla la ciencia y la historia con un montón de cosas más. Porque trenza la vida personal y científica de los Curie (y cómo no iba a hacerlo, si estaban inevitablemente trenzadas). Y, claro está, porque juega con un lenguaje coloquial, cercano, y alude constantemente al lector.

No es ningún secreto que me gustan los libros que permiten una fácil identificación con lo que te están contando, y creo que en eso no me diferencio mucho de la mayoría; hay quien lo admitirá y quien no, pero a todos nos gustan un poquito los espejos. Es muy fácil identificarse con Rosa. Y es muy fácil identificarse con Marie.

Así que uno va comprendiendo lo que significó para aquella mujer lograr el aislamiento de un ridículo gramo de radio a partir de un mineral que ahora sé que se llama pecblenda. Y lo sé porque me han contado una historia bonita, en la que Marie y Pierre pasaban horas y horas en el laboratorio, comiendo mal y pasando frío, pero haciendo algo que les quitaba el sueño y les avivaba el alma. Meses y meses de trabajo durísimo para lograr que su laboratorio brillara al fin iluminado por los fueguitos fatuos de aquel nuevo elemento llamado radio, y que les valió un Nobel. El primero de Marie Curie, que ganó dos (el segundo ella solita), y eso lo sé porque… sí, porque me lo han contado bien.

Y a pesar de todo lo que he aprendido, lo más bello de la obra me sigue pareciendo, sin duda, la ternura que se desprende de las historias de Marie y Pierre, de Rosa y Pablo. La intimidad que se entrevé entre ambas parejas, siempre a través del cristal empañado de la ventana; las pasiones compartidas, las manías comprendidas y, sobre todo, el profundo encanto de lo sencillo. Probablemente son historias tan bellas porque fueron truncadas por la muerte. Pero es tan necesaria la belleza para nuestro mundo enfermo que al final los motivos son lo de menos.

Mientras leía las últimas palabras de Rosa Montero, pensé que lo primero que haría después sería buscar aquel diario de Marie Curie que, a través de unas pocas citas, me había parecido tan bello. Y cuál fue mi sorpresa al descubrir, en la siguiente página, el regalo del diario como apéndice del libro. Qué preciosidad. Qué casualidad, una vez más.

Y las palabras de Marie, a pesar del terrible momento de dolor en que las escribió, me sonaban a pequeñas partículas de felicidad encapsulada, como aquellos fulgurantes tubitos de radio verde azulado que describe el libro. Fuegos fatuos de la vida de una mujer que amó. Una mujer que dio su vida por la ciencia (las constantes exposiciones al radio acabaron por hacer que muriera a la pronta edad de 66 años). En cualquier caso, una mujer apasionada que merece toda mi admiración, y que, como dice Montero, se diría que acabó por aprender la ligereza de vivir, aunque fuera algo tarde.

Os dejo con algunas citas:

Somos relicarios de nuestra gente querida. Los llevamos dentro, somos su memoria.

La Muerte juega con nosotros al escondite inglés, ese juego en el que un niño cuenta de cara a la pared y los otros intentan llegar a tocar el muro sin que el niño los vea mientras se mueven. Pues bien, con la Muerte es lo mismo. Entramos, salimos, amamos, odiamos, trabajamos, dormimos; o sea, nos pasamos la vida contando como el chico del juego, entretenidos o aturdidos, sin pensar en que nuestra existencia tiene un fin. Pero de cuando en cuando recordamos que somos mortales y entonces miramos hacia atrás, sobresaltados, y ahí esta la parca, sonriendo, quietecita, muy modosa, como si no se hubiera movido, pero más cerca, un poquito mas cerca de nosotros.

Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo da menos miedo.

La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza

Hasta hace poco, aspiraba como novelista a la grandeza (…). Ahora, en cambio, aspiro simple y modestamente a la libertad

Solo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien.

(De Einstein a Curie): “Si la chusma sigue ocupándose de usted, deje sencillamente e leer esas tonterías. Que se queden para las víboras para las que han sido fabricadas”.

Cuanto más te acercas a lo esencial, menos puedes nombrarlo. El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras.