Pedro Páramo: El rompecabezas de las voces susurrantes

por irisclago

pedro_paramoHay clásicos que permanecen modestamente ocultos entre los montones de títulos que colman los libros de texto del instituto, los programas de divulgación literaria o los clubes de lectura de las bibliotecas. Que se libran del “claro que lo conozco, aunque no lo he leído”. Títulos que seguramente los estudiantes de filología habrán oído más de una vez, pero que no han llegado a formar parte del kit popular de conocimientos para el Trivial. Y que de repente salen a colación, por una cosa u otra, y le dejan a uno arrepentido de no haber sabido de su existencia, aunque hubiese sido de boca de la vecina del tercero.

Pedro Páramo forma parte de este curioso grupo: un aula de universitarios se llena de interrogantes mudos cuando el profesor pregunta por la obra cumbre de Juan Rulfo. Y mire usted por dónde, la siempre servicial Wikipedia les chiva a los más curiosos que se trata de una de las novelas más importantes de la literatura hispanoamericana y uno de los principales exponentes del movimiento que se conoce como “realismo mágico”. Venerada por grandes de las letras hispanas como García Márquez o Borges, parece que la novelita “no es moco de pavo”.

Y, efectivamente, cuando uno se mete entre sus páginas ya no encuentra la forma de salir. Las historias se van hilvanando entre sí como si tejieran una telaraña inquebrantable alrededor del lector. Las voces de los personajes se cuelan en su oído como si escaparan de entre las páginas en forma de susurro. Tiene algo de mágico, desde luego. Pero también mucho de realista. Y no hace falta haber estudiado literatura para comprender, al final de la lectura, en qué consiste el movimiento literario con el que se asocia la novela.

Es precisamente ese “realismo mágico” lo primero que fascina de Pedro Páramo: el autor logra, mediante un magistral manejo del lenguaje, hacer que los hechos más inverosímiles aparezcan ante el lector como normales, incluso cotidianos. Cuando Juan Preciado llega al pueblo ficticio de Comala para buscar a su padre (cuyo nombre da título a la novela), empieza a encontrarse con los espíritus de quienes un día habitaron el pueblo, actualmente desierto. Este hilo conductor principal se va cruzando con las  historias de los habitantes de Comala, especialmente con la de Pedro Páramo, el centro de gravitación de todas las almas, vivas o difuntas, que habitan el relato.

Esta historia de aparente fantasía se torna verosímil gracias a una narración realista, repleta de diálogos, descripciones, referencias y reflexiones subjetivas, mediante la que Rulfo sumerge al lector en el universo de la novela. Un universo en el que todo encaja con absoluta coherencia. La existencia o no de los fantasmas no supone un obstáculo; cuando leemos Pedro Páramo, es inevitable la sensación de estar asistiendo al chismorreo de un pueblo que perfectamente podría haber existido. Las rencillas entre los personajes, los sentimientos e inquietudes de cada uno de ellos y la amarga existencia a la que se enfrentan son muy parecidos a los que podemos encontrarnos en nuestro día a día, y el hecho de que nos lleguen a través de las voces de los muertos puede llegar a parecernos un mal menor.

A este particular realismo se une la fascinante estructura del libro. Entre sus páginas encontramos esparcidos con estratégico desorden los pedazos de la historia de los habitantes de Comala. Por lo tanto, nos vemos obligados a reconstruirlos como si se tratara de un rompecabezas. El reto que supone esta reconstrucción hace la lectura especialmente estimulante, aunque al mismo tiempo puede crear confusión. Es necesaria una lectura muy atenta para atar todos los cabos que nos ofrece el autor. Esta complejidad estructural, unida a su ligereza (tanto física como lingüística), hace de la novela en un buen sustitutivo del Brain Training y en un aliciente para aparcar (aunque sea por unas horas) la novela fácil o la lectura de aeropuerto sin tener que enfrentarse a un “ladrillo”.

Se añade al curioso (des)orden de la línea narrativa un constante cambio de narrador y de tiempo. Estas “mudas” (como las llama Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista) ayudan a romper con la posible monotonía del relato y a dar diversos puntos de vista sobre los acontecimientos. El lector se puede descolocar al principio, pero después uno se acostumbra a ese cambio constante, que le invita adivinar, casi en cada página, dónde y con quien se encuentra. Un nivel más, por lo tanto, para el juego al que nos invita la novela.

Además de los aspectos formales comentados, cabe destacar la calidad y la belleza de la prosa. En las evocadoras descripciones y en los monólogos interiores adivinamos a todo un poeta en Rulfo. Pero al mismo tiempo, el autor sabe controlar su estilo sin vacilar y, en los pasajes en que predomina la narración, ahorra en florituras para dejar paso a la claridad y al ritmo. En esta modulación reside gran parte del mérito del autor, que, cuando deja de ser pragmático, nos sorprende con imágenes como las estrellas “hinchadas de tanta noche”  o una Susana San Juan “restregada de luna”.

Hay que tener en cuenta que, para un lector español, puede resultar chocante la aparición constante de expresiones o palabras propias del habla mexicana. Esto supone al mismo tiempo una barrera y una interesante singularidad. Es complicado percibir como cercana una historia en que el lenguaje se aleja del estándar al que estamos acostumbrados. Y, al mismo tiempo, ese mismo lenguaje es el que dota a Pedro Páramo (al menos para el lector no latino) de una atmósfera propia y de una sonoridad inconfundible, aunque no se lea en voz alta. Esta lectura nos sirve, por lo tanto para ser más conscientes de la importancia de la musicalidad de la lengua: bastan un par de frases, sin que necesariamente haya en ellas vocabulario local, para darnos cuenta de que la novela suena a mexicano.

Pedro Páramo es, por lo tanto, un arma de doble filo. Difícil de entender en su totalidad sin una lectura atenta, pero a la vez tremendamente satisfactoria una vez se completa el rompecabezas. Confusa por no guiarnos, de la mano de un único narrador, hasta el final de la novela, pero innovadora y poliédrica por su diversidad de recursos. Con un vocabulario poco familiar, pero a la vez singular y enriquecedor. A pesar de las pequeñas dificultades, sin embargo, disfrutar de la calidad de su arquitectura narrativa y de su uso de la lengua merece, con creces, el pequeño esfuerzo. Un clásico, probablemente oculto para muchos, que vale la pena recuperar.

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