La reina de las nieves, de Carmen Martín Gaite

por irisclago

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Carmen Martín Gaite ya me había robado el corazón hace un tiempo con Nubosidad Variable, un cajón lleno de deliciosas cartas entre dos amigas de adolescencia que retoman el contacto, y que me tuvo una semana en barbecho literario después de terminarlo, como suele pasar con los buenos libros.

Y, ahora que acabo de terminar La reina de las nieves, me está volviendo a pasar lo mismo; soy incapaz de abrir otro libro, porque este todavía va dando vueltas por mi cabeza y las imágenes que he ido tejiendo de sus paisajes y de sus personajes me acompañan a todas partes: la Quinta Blanca -esa gran mansión que guarda todos los secretos-, los acantilados, el faro, la celda con luz de luna, el bar con la chica de las medias a rayas y con la cerillera Puck, un cuarto abarrotado de novelas subrayadas… Martín Gaite logra siempre crear universos que te absorben y te hacen dudar si no habrás vivido algún día en ellos, si tal vez ella no está haciendo más que recordártelos.

Esta novela es, además, un compendio de lecciones, de ideas y divagaciones que se cuelan entre las neuronas y empiezan a crear cortocircuitos casi sin que te des cuenta: el vértigo; la huida a mundos imaginarios; el cristalito que se nos mete en el ojo en el momento más inesperado; la importancia de desempolvar nuestros orígenes, lo que antes de que naciéramos ya estaba diciendo algo de nosotros mismos, lo que pasó a formar parte de nuestra identidad sin que nos diéramos cuenta.

La avispada Carmen domina la atención del lector a su antojo, juega con el tiempo, con la elipsis y con la variación del punto de vista, construyendo un puzzle complejísimo, casi tanto como aquel con el que Kay debía recomponer la palabra eternidad para la reina de hielo. Uno se siente desafiado, y a la vez acompañado por una calidez que aparece y desaparece: como la Señora de la Quinta Blanca, Martín Gaite se esconde a veces para observar al indefenso lector con una sonrisilla traviesa desde su escondrijo, y sale en su busca cuando le ve perdido en el frío; le tiende la mano y le lleva de vuelta al camino, para dejarle solo de nuevo ante el acantilado, con el viento entre los cabellos.

Recuerdo cuando yo tenía pocos años y estaba en una cafetería con mi madre; ella estaba leyendo este libro y me recitaba algunos pasajes, sobre todo los del cuento de Gerda y Kay. A mí me encandilaba imaginar aquella historia, y me ha vuelto a fascinar al leerla de adulta; he vuelto a querer ser la valiente Gerda que cabalga contra el viento sobre un reno hasta el palacio de hielo para descongelar el alma de su amigo. Pero, por primera vez, he tenido miedo de convertirme en Kay y que uno de estos días me pille desprevenida el viento y se me cuele un cristalito en el ojo.

La reina de las nieves huele a sal de mar y a cajones que llevan mucho tiempo cerrados, y, como las mariposas de Sila, ha dejado tras de sí un polvillo brillante que me recuerda que ahora es un poco parte de mí. Aunque tal vez ya lo era…

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