‘El mundo deslumbrante’, de Siri Hustvedt

Maquetación 1

Pues sí, aquí estoy después de un año sin publicar. Cronos está hambriento, sin duda.

En cualquier caso, allá voy con mi última lectura, El mundo deslumbrante de Siri Hustvedt, que ha hecho honor a su nombre deslumbrándome en cada tarde que le he dedicado de este verano que ya titila antes de apagarse.

Lo primero que llama la atención del libro es su planteamiento formal: a través de aparentes testimonios, recortes de prensa y fragmentos de diarios íntimos, se nos presenta a la protagonista Harriet Burden desde un complejo poliedro de puntos de vista. Aparentemente, estamos ante un personaje real, o eso se da a entender desde el mismísimo prólogo, en que la autora nos cuenta cómo llegó a la historia de Burden y cómo se decidió a editar los textos recogidos en el volumen. Aún conociendo la existencia del mockumentary en audiovisual, no me había topado aún con esa misma técnica en una novela, y me ha sorprendido muy gratamente.

Por otro lado, los temas que plantea El mundo deslumbrante son de un interés profundísimo: cómo juzgamos la obra de arte no solo por su contenido, sino también por su autor/a o por quien creemos que lo es; la hipocresía, las apariencias y los prejuicios (y el “postureo”, que diríamos ahora) en el mundo del arte; la ambición de conquistar el éxito y cómo esta puede desembocar en una frustración vital irresoluble; las múltiples identidades que una sola persona alberga dentro de sí, y muchos otros temas igual de apasionantes. Todo cuanto el libro plantea da para eternas sobremesas o para intrincadas contiendas filosóficas.

“¿Por qué la gente ve lo que ve? Tiene que haber convencionalismos, si no, no veríamos nada. Todo sería un caos. Tipos, códigos, categorías, conceptos”

Con la emoción, casi me olvidaba de contar el argumento. De hecho, ni siquiera haría falta, si vais a leer el libro podéis saltaros este párrafo; yo lo haría. Bien, pues a través de las múltiples voces (la de la propia protagonista a través de su diario, la de la crítica de arte con los “recortes de prensa” y las de sus allegados a través de testimonios) Hustvedt nos presenta la historia de Harriet Burden, artista viuda de un importante galerista que cae en el olvido (o, simplemente, bajo la etiqueta “la viuda de”) tras la muerte de su marido. Viendo que su arte es menospreciado por la crítica, bien a causa de su imagen, su carácter, su edad o simplemente por no llevar un pene colgando entre las piernas, Burden se decide a emprender un gran proyecto utilizando lo que ella llama “máscaras”: tres hombres artistas que presentan como suyas, respectivamente, tres exposiciones de las que la verdadera autora es Burden.

De esta manera, además de vengarse del superficial mundo de la crítica y las galerías de arte, que durante tanto tiempo la han ignorado, Burden (y, tras esta máscara,  Hustvedt) pretende llevar a cabo un interesante un experimento sobre la percepción del arte: ¿qué es lo que vemos cuando miramos una obra, la obra o a su autor? ¿Qué nos influye a la hora de valorar la calidad de lo que estamos mirando? ¿De qué habla la crítica en realidad, de las obras o de sus estupendos autores jóvenes y seductores, o exóticos y traviesos, o consagrados y cosmopolitas?

Los juegos de identidades planteados en el libro se acercan al juego de espejos enfrentados, uno tiene la sensación de asomarse al infinito porque tras una máscara hay siempre otra, y otra más. Y lo que asusta más, tal vez, es el descubrimiento de que la máscara puede tener más de nosotros mismos de lo que pensamos. Como dice la protagonista en uno de sus diarios:

“Los griegos sabían que la máscara que usaban en el teatro no era un disfraz, sino una forma de revelación”.

Por otro lado, la ternura y, simultáneamente, la dureza con las que Siri Hustvedt trata a su personaje-máscara es maravillosa: al final del libro, tenemos la sensación de conocer a Harriet Burden en toda su complejidad, de entenderla verdaderamente. Cómo entender a alguien si no es a través de defectos, y no solo de virtudes. Toda la cara B del personaje se nos muestra sin filtros, y muchas veces desde su propia voz. Así, los diarios nos sirven de ejemplo de cómo, la mayoría de las veces, somos nuestro peor y más desalmado crítico.

“Solo los buenos creen que no son buenos”.

También, a través de la relación amor-odio que la protagonista establece con la tercera de sus “máscaras”, Rune, vemos cómo encontrarnos con lo más odiado a veces solo nos muestra la peor parte de nosotros mismos.

Tal vez el final del libro (no, no voy a hacer spoiler) no sea tan acertado como su arranque o su desarrollo, pero me pregunto si realmente había otra forma de terminarlo.

Por último, me ha parecido espectacular la gran cantidad de referencias, citas, teorías filosóficas y neurocientíficas, la mayoría con su correspondiente nota al pie, que abren toda una galaxia  para abordar nuevas lecturas (en este caso ensayísticas o puramente teóricas) sobre los temas tratados en la novela. De hecho, me tiro de los pelos por no haberlo ido apuntando todo (salvo unos pocos títulos y los nombres de algunas autoras feministas que me resultaban de mucho interés), pero prometo volver al libro para hacer una lista detallada. Kirkegaard no se libra, eso sí; es el más citado del libro.

Y nada más, os dejo con la recomendación; si lo habéis leído ya, decídmelo y nos tomamos un café mientras me dure el síndrome “quierocomentarestelibropordios”.

“Quiero deslumbrar y hacer ruido y rugir. Quiero esconderme y llorar y abrazarme a mi madre. Pero eso nos pasa a todos”.

 

Anuncios