Nada se opone a la noche: autoficción de riesgo

por irisclago

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Leí Nada se opone a la noche después de una especie de “barbecho literario”, en el que no había podido terminar ni un solo libro en dos meses. Dos amigas y buenísimas recomendadoras me hablaron de él, cada una por un oído, y me entró el gusanillo.

Nada más leer los primeros capítulos me quedé enganchada, tal como me habían advertido que pasaría. Lo que más me cautivó al inicio fue su forma de usar la metaliteratura; el libro alterna capítulos de la trama con otros en los que la propia autora habla del proceso de escritura, y de lo difícil que le resultó dar con la manera de hacer frente a una obsesión: la de escribir sobre su madre, fallecida meses atrás. Así, la autora trata de crear un híbrido entre realidad y ficción, narrando la infancia de su madre y la convivencia de esta con sus padres y hermanos, y confesando a los lectores en capítulos alternos la ardua tarea con la que se ha tenido que enfrentar para crear la historia: entrevistas a familiares, fantasmas del pasado, cintas de casete olvidadas.

Más adelante, en la segunda parte del libro, la autora aparece ya como personaje. Su madre ya ha llegado a la juventud y tenido una hija, la autora, y más tarde otra, su hermana. En este momento abandona la tercera persona en la narración y se hace con la primera, convirtiendo esta segunda parte, y luego también la tercera, en un artefacto más cercano a la autobiografía que a la ficción. Los capítulos en los que la autora nos explica cómo se enfrenta al proceso creativo están cada vez más entremezclados con la trama, de modo que el juego de hibridación pierde algo de interés.

Respecto a los temas, son diversos y muy interesantes: las relaciones familiares, la enfermedad mental, el incesto. Respecto a este último punto, opino que la autora no se posiciona lo suficiente, tal vez por el hecho de tener a toda una manada de familiares esperando leer la novela con las escopetas cargadas; en cierto momento del libro se narra una serie de episodios de abuso sexual (tal vez acoso, la línea entre estos dos conceptos parece cada vez más delicada). La autora, lejos de condenarlos abiertamente, concede al agresor el beneficio de la duda. No entraré en spoilers directos, pero en cualquier caso, tal como se explican los hechos en el libro y habiendo no solo una, sino varias víctimas, me parece que la posición de la autora debería ser clara y tajante respecto a esta cuestión.

Con estos datos podéis imaginar que un punto clave en este libro es la implicación de la autora respecto a una trama de la que ella misma forma parte. La objetividad no existe, pero en este caso todavía menos; la autora nos ofrece una visión de la historia de su madre que trata de aunar testimonios y versiones, pero que al final no deja de estar, sobre todo, teñida por la mirada de una niña que vivió toda su infancia con miedo; que tuvo, desde muy pequeña, que desempeñar un rol de más responsabilidad de la que le hubiera tocado; una niña que vivió de cerca el trastorno bipolar de su madre, y a la que todavía le cuesta perdonar.

Así, el libro nos permite una reflexión sobre la enfermedad mental, sobre cómo esta afecta al entorno, y también sobre cómo el entorno puede ser el causante de esta. Y, al mismo tiempo, nos da mucho que pensar acerca de la autoficción, de sus límites con la autobiografía y de los riesgos que entraña.

De todos modos, y aun con el “exceso autobiográfico” que en mi opinión desprende, la trama tiene gran interés y en pocos momentos permite al lector separar la mirada ávida de las páginas; la información está inteligentemente repartida en los capítulos para mantener el interés en una historia familiar compleja y plagada de entresijos, y por momentos logra hacernos empatizar hasta la más pura congoja.

Os recomiendo, pues, su lectura, pero sin dejar la mirada crítica olvidada en la mesilla de noche.

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