No voy a pedirle a nadie que me crea – Acrobacia narrativa y espectáculo de variedades (lingüísticas)

por irisclago

1507-1.jpgTengo la sensación de que últimamente no leo más que libros de Anagrama, ¿estaré cayendo en la monogamia literaria? Pero es que son todos tan buenos… Ay.

La última joya de esta editorial que ha caído en mis manos ha sido No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos. Todavía estoy palpitante de satisfacción tras su lectura; hacía tiempo que no leía una novela tan redonda, tan bien escrita, tan matemáticamente perfecta.

No voy a pedirle a nadie que me crea funciona como un reloj. Nada es casual y (casi) todo lo parece, la trama está articulada con premeditación y alevosía, y cada nueva información revelada abre una brecha de luz en el laberinto de incertidumbre que construye. Además, nos encontramos aquí de nuevo (como en la última novela que comenté) con un juego de autoficción, en este caso maquiavélicamente ambiguo, en el que parece que el autor nos esté narrando su propia vida, pero mezclada con una trama casi surrealista. Y digo casi porque al final resulta ser más realista de lo que uno querría.

¿Pero esto te pasó de verdad? Dan ganas de preguntarle al autor, cada tres páginas. No voy a pedirle a nadie que me crea, nos respondería Villalobos.

La novela empieza con la narración en primera persona del protagonista, Juan Pablo, que nos cuenta cómo su primo, apodado “El proyectos”, es asesinado ante sus propios ojos por una organización criminal en México, su país de origen. Juan Pablo está a punto de marcharse con su pareja a Barcelona a estudiar un doctorado, y los asesinos de su primo le anuncian que les servirá de ayudante –quiera o no, sobra decir– para un “negocio” que tienen entre manos en la ciudad catalana.

A partir de este punto comienza una historia entre policiaca y detectivesca que mantiene al lector en vilo en todo momento, y en la que las voces narrativas se van mezclando para formar un puzzle colorido y diverso.

Así, los capítulos van intercalando narradores, véase el propio Juan Pablo; su madre; su primo “El proyectos” (¿cómo dar voz a un muerto en la narración? Léanlo y lo descubrirán), y su novia Valentina a través de su diario íntimo. Este rompecabezas de voces, además de aportar originalidad a la novela y dar aire a la trama, está tremendamente bien escrito y revela con acierto las identidades de unos personajes caracterizados a la perfección, tanto a través de las diversas variedades lingüísticas utilizadas, como mediante los rasgos estilísticos que Villalobos otorga a cada personaje. Por ejemplo, la madre del protagonista se refiere a sí misma en todo momento como “tu madre”, así, en tercera persona, un detalle de tantos que me pareció una pequeña genialidad.

Por otro lado, es ineludible el uso del humor en la novela. Toda ella está escrita al borde de una media sonrisa sardónica, burlándose con perspicacia de todos y cada uno de los personajes, más todavía del que representa al propio autor. Un humor que no resulta artificioso, sino que se integra de manera orgánica en la narración y en los diálogos.

En cuanto a la trama, Villalobos tiene la capacidad de ir complicando cada vez más las cosas sin que perdamos, como lectores, la esperanza de que todo acabe hilándose perfectamente al final. Y esto es lo que ocurre; al terminar la novela, después de compartir con los personajes un camino repleto de callejones sin salida y recovecos misteriosos, tenemos la sensación de que una red se ha ido tejiendo en el cielo, sujeta por la levedad del humor, y de repente se desploma sobre nosotros con toda la gravedad del mundo y nos deja atrapados en una inquebrantable jaula de lucidez.

El gran logro de esta novela (además de la magistralidad con la que camina de puntillas sobre el cable que separa realidad de ficción), es el de narrar con ligereza la verdad más cruda, el de hacernos tragar sin que nos atragantemos todo aquello que en un periódico se nos haría insoportable.

No la dejéis pasar, es un novelón como la copa de un pino (ya vale de palabros). No en vano se llevó el Premio Herralde de Novela. Y lo mejor de todo: su autor todavía tiene una larga carrera por delante, en la que, espero, nos deleitará con otras maravillas como esta.