Des bouts de miroir

Crítica cultural y otros fragmentos. Un blog de Iris Carrera Lago.

Categoría: Literatura

Curie, fuegos fatuos y la ligereza de vivir

La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero

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Retrato que Marie Curie dejó en el ataúd de Pierre Curie, su favorito, al que este se refería como “joven estudiante aplicada”.

 

Ayer terminé de leer La ridícula idea de no volver a verte, un libro que coincidieron en recomendarme una de mis mejores amigas y mi principal consejera literaria (por supuesto, mi madre). Y es que las coincidencias están presentes en este libro de principio a fin, tanto de forma literal, mentadas constantemente por la autora, Rosa Montero, como de forma más inmaterial, flotando en el aire a cada bocanada de lectura.

Este es un libro sobre el duelo, sobre la pérdida del ser amado. Y sobre Marie Curie, una de las grandes mujeres de la historia y prácticamente la única reconocida como tal por los libros que estudiamos de pequeños.

Rosa Montero remarca en todo momento la determinación y la valentía de Curie para abrirse paso en un mundo en que no era bienvenida, y lo hace sin beatificarla: de hecho, sugiere que ella no reivindicó en ningún momento su condición de mujer, sino más bien al contrario. Curie se consideraba una excepción, prácticamente un hombre, y el resto de mujeres, las “de verdad”, debían permanecer con sus labores y sus criaturas, haciendo “lo que se debe”. De este modo, el ensayo nos muestra la cara y la cruz de la admirable científica; sus logros profesionales y su gran fortaleza para entregarse a su trabajo al mismo tiempo que cumplía con el rol de madre y esposa que por aquél entonces se le exigía, pero también su falta de implicación en la lucha por los derechos de la mujer.

Así, con Curie y su coraje por bandera, Montero emprende un relato a través del breve diario que la polaca escribió al morir su marido Pierre, tejiendo una analogía con su propia historia, la de la pérdida de su Pablo tres años antes de escribir el libro.

Esta obra es una clara demostración de que cualquier cosa se puede contar de una forma atractiva. Yo no tenía prácticamente ni idea de la historia de Marie Curie, a pesar de años y años de colegio e instituto, de libros y libros de física y química. Rosa Montero logra adentrarse en aquello que llaman “divulgación científica”, y lo hace porque mezcla la ciencia y la historia con un montón de cosas más. Porque trenza la vida personal y científica de los Curie (y cómo no iba a hacerlo, si estaban inevitablemente trenzadas). Y, claro está, porque juega con un lenguaje coloquial, cercano, y alude constantemente al lector.

No es ningún secreto que me gustan los libros que permiten una fácil identificación con lo que te están contando, y creo que en eso no me diferencio mucho de la mayoría; hay quien lo admitirá y quien no, pero a todos nos gustan un poquito los espejos. Es muy fácil identificarse con Rosa. Y es muy fácil identificarse con Marie.

Así que uno va comprendiendo lo que significó para aquella mujer lograr el aislamiento de un ridículo gramo de radio a partir de un mineral que ahora sé que se llama pecblenda. Y lo sé porque me han contado una historia bonita, en la que Marie y Pierre pasaban horas y horas en el laboratorio, comiendo mal y pasando frío, pero haciendo algo que les quitaba el sueño y les avivaba el alma. Meses y meses de trabajo durísimo para lograr que su laboratorio brillara al fin iluminado por los fueguitos fatuos de aquel nuevo elemento llamado radio, y que les valió un Nobel. El primero de Marie Curie, que ganó dos (el segundo ella solita), y eso lo sé porque… sí, porque me lo han contado bien.

Y a pesar de todo lo que he aprendido, lo más bello de la obra me sigue pareciendo, sin duda, la ternura que se desprende de las historias de Marie y Pierre, de Rosa y Pablo. La intimidad que se entrevé entre ambas parejas, siempre a través del cristal empañado de la ventana; las pasiones compartidas, las manías comprendidas y, sobre todo, el profundo encanto de lo sencillo. Probablemente son historias tan bellas porque fueron truncadas por la muerte. Pero es tan necesaria la belleza para nuestro mundo enfermo que al final los motivos son lo de menos.

Mientras leía las últimas palabras de Rosa Montero, pensé que lo primero que haría después sería buscar aquel diario de Marie Curie que, a través de unas pocas citas, me había parecido tan bello. Y cuál fue mi sorpresa al descubrir, en la siguiente página, el regalo del diario como apéndice del libro. Qué preciosidad. Qué casualidad, una vez más.

Y las palabras de Marie, a pesar del terrible momento de dolor en que las escribió, me sonaban a pequeñas partículas de felicidad encapsulada, como aquellos fulgurantes tubitos de radio verde azulado que describe el libro. Fuegos fatuos de la vida de una mujer que amó. Una mujer que dio su vida por la ciencia (las constantes exposiciones al radio acabaron por hacer que muriera a la pronta edad de 66 años). En cualquier caso, una mujer apasionada que merece toda mi admiración, y que, como dice Montero, se diría que acabó por aprender la ligereza de vivir, aunque fuera algo tarde.

Os dejo con algunas citas:

Somos relicarios de nuestra gente querida. Los llevamos dentro, somos su memoria.

La Muerte juega con nosotros al escondite inglés, ese juego en el que un niño cuenta de cara a la pared y los otros intentan llegar a tocar el muro sin que el niño los vea mientras se mueven. Pues bien, con la Muerte es lo mismo. Entramos, salimos, amamos, odiamos, trabajamos, dormimos; o sea, nos pasamos la vida contando como el chico del juego, entretenidos o aturdidos, sin pensar en que nuestra existencia tiene un fin. Pero de cuando en cuando recordamos que somos mortales y entonces miramos hacia atrás, sobresaltados, y ahí esta la parca, sonriendo, quietecita, muy modosa, como si no se hubiera movido, pero más cerca, un poquito mas cerca de nosotros.

Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo da menos miedo.

La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza

Hasta hace poco, aspiraba como novelista a la grandeza (…). Ahora, en cambio, aspiro simple y modestamente a la libertad

Solo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien.

(De Einstein a Curie): “Si la chusma sigue ocupándose de usted, deje sencillamente e leer esas tonterías. Que se queden para las víboras para las que han sido fabricadas”.

Cuanto más te acercas a lo esencial, menos puedes nombrarlo. El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras.

 

 

‘También esto pasará’

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Cuando paso un par de meses sin leer un libro entero (cosa que no debería pasar nunca pero que, con este desgraciado ritmo de vida que llevamos, es casi inevitable), una de las cosas que más echo de menos, a parte del evidente placer de la lectura, es esa sensación de entre felicidad, melancolía, parálisis y vorágine al terminar la última página.

No todos los libros  la provocan con la misma intensidad, pero en el caso de También esto pasará, a mí sí me ha sucedido. A pesar de ser un libro bastante corto, me costó unos cuantos minutos cerrarlo y dar por terminado el paseo por Cadaqués de la mano de Milena Busquets. Y, de hecho, el paseo aún no ha terminado. Ese “retrosabor” que es la mejor garantía de haber leído un buen libro o visto una buena película me acompañará todavía durante un tiempo.

También esto pasará no es un libro sesudo. Pero esconde la verdad de la vida, o de algunas vidas, y eso es suficiente para que vaya más allá de lo anecdótico. Es, además, lo que se podría llamar un libro-caricia. No te escupe las crueldades, te las va susurrando con sutileza, y eso hace que te cale sin hacerte pasar un mal rato como lector (hay libros buenísimos pero que te hacen sufrir como una jabata). Que no digo que no lo vayáis a pasar mal en algún momento si lo leéis, porque las verdades, por muy sutiles que sean, a menudo hacen pupita. Y Milena dice muchas.

Pero también os reiréis, de eso tengo pocas dudas. La ironía de la narración, las reflexiones y las agudas críticas a algunos comportamientos humanos generan una empatía inevitable con la protagonista, Blanca, quien reconoce sin problemas que lo de ser adulta no acaba de ser lo suyo.  Y es que tal vez nunca acabemos de sentirnos adultos.

La sinceridad sin escrúpulos, la aceptación de los propios defectos, la importancia de vivir con ligereza -como dice Blanca en algún fragmento-, el inevitable peso de nuestras pérdidas a la espalda, son algunos de los pilares que sustentan un libro aparentemente simple, pero con múltiples invitaciones a lo complejo. Las escenas de aire bucólico y veraniego se superponen a la omnipresente sombra del principal motivo del relato, el duelo ante la pérdida de la figura materna, y casi la enmascaran en algunos momentos.

Pero este no es solo un libro de pérdida, es un libro de aceptación; la última fase del proceso del duelo (según dicen los especialistas) está latente prácticamente en toda la obra, como un aprendizaje inevitable que debemos extraer de ella. “También esto pasará”, nos dice la madre de Blanca desde su cuento chino. Y es agradable creerla.

Poco más tengo que decir, solo dar las gracias a Milena por ese paseo demasiado breve, por un consuelo más dentro de la existencia absurda. Aquí abajo os dejo algunas citas del libro, pero si tenéis pensado leerlo, es mejor que subáis directamente a esa barquita que os llevará a navegar entre las calas de Cadaqués, los encuentros fugaces, las amistades eternas y, sobre todo (y aprovecho para brindar en este primer domingo de mayo), el vínculo irreemplazable y férreo entre una madre y una hija.

Siempre he pensado que los que dicen “te quiero mucho”, en realidad te quieren poco o tal vez añaden el “mucho”, que en este caso significa “poco”, por timidez o por miedo a la contundencia del “te quiero”, que es la única manera verdadera de decir “te quiero”. El “mucho” hace que el “te quiero” se convierta en algo apto para todos los públicos, cuando, en realidad, casi nunca lo es.

Afortunadamente, los celos caducan (…). El amor no, al menos en mi caso. Sigo queriendo a toda la gente a la que un día quise, no puedo evitar ver, a través de todas las deserciones y de la mayoría de las deslealtades propias y ajenas, a la persona, prístina y clara, de antes de que todo se convirtiese en ceniza. Con cierta heroicidad estúpida, no reniego de ninguno de mis amores ni de ninguna de mis heridas. Sería como renegar de mí misma.

-A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser más lista de lo que soy. -Y añado en voz baja-: Normalmente me dan ganas de ser más tonta.

Nuestro interior acaba atrapándonos siempre. Acabaremos siendo quienes somos, la belleza y la juventud solo sirven para camuflarnos durante un tiempo (…). Ocurre lo mismo con la tristeza que, como finísimas capas de cristal crujiente, se va depositando sobre nosotros, nos va cubriendo poco a poco. Somos como el guisante del cuento, enterrado debajo de mil colchones, como una luz brillante que parpadea débilmente. Y, como en los cuentos, solo el amor verdadero, y a veces ni siquiera eso, puede acabar con la pena. El tiempo la mitiga, como hace con nosotros, como un domador de circo.

Bonus track

Ayer estuve toda la noche enganchada leyendo el blog de Milena Busquets, aunque la mayoría de entradas son de hace ya tiempo. Lo descubrió mi amiga Annabel, y algunos post tienen su gracia (y creo que demuestran que Milena es un poco Blanca, y al revés). Por si tenéis curiosidad, es este de aquí.

Les délicatesses

Pocas veces se encuentra una adaptación cinematográfica que le satisfaga a uno tanto como el libro adaptado. Si mucho me apuran, al menos es complicado encontrar un caso en que libro y película provoquen en el lector/espectador un nivel de satisfacción similar. Solemos decantarnos. Es complicado, sin embargo, elegir entre La Delicadeza y La Delicadeza, ambas de David Foekinos, quien sorprende con su destreza para cambiar de medio de expresión sin perder la esencia de aquello que cuenta. La caricia es igualmente dulce en ambos casos, en el libro y en la película que vieron la luz en 2011. Esta última, que pasó injustamente desapercibida por las carteleras, sonará a muchos por estar protagonizada por Audrey Tatou.

Ya antes del esteno del film en España, leyendo las alabanzas que mi apreciada Anna Gavalda le regalaba a Foekinos, se instalaron en mí las buenas expectativas, que muchas veces son las peores enemigas del triunfo de una obra. Sin embargo, la decepción ni se asomó en los 108 minutos que dura la película. La fotografía, impecable, crea una estética algo naïf sin llegar a empalagar; el guión, intachable en su adaptación, añade lo que falta y omite lo que sobra (aunque quizá la voz en off hubiese sido prescindible); la selección de los actores y su interpretación, justo en el clavo; el resultado global, la satisfacción, la sonrisa y el silencio (ese importantísimo silencio) a la salida del cine. La reflexión propia de las películas que dejan tras de sí algo más que una mera anécdota. Y la delicadeza, por supuesto; la ternura puesta en imágenes. Y, poco antes, en palabras sobre las páginas del libro con el mismo título.

Esa otra Delicadeza sobre papel nos habla al oído con persuasión y picardía desde la primera línea, y no nos deja en paz ni siquiera cuando no leemos.

El autor se hace presente en todo momento mediante las notas al pie (pequeños comentarios que provocan esa sonrisa cómplice tan difícil de lograr), y con las pequeñas referencias (literarias, musicales, cinematográficas) que va dejando cual Pulgarcito con sus migas de pan. Y su presencia, sorprendentemente, no nos desvía ni un ápice del cauce de una historia de grandes verdades, transparente y a la vez encantadoramente ficcionada. Está claro que el artificio existe, que quizá todo parecido con la realidad sea pura coincidencia, pero en ese caso hay muchísimas (y muy bienvenidas) coincidencias.

Quizá la calidad literaria no sea lo que más destaca (se trata de una prosa sencilla y ortodoxa que probablemente nos recuerde a otras tantas lecturas), pero el vínculo libro-lector que se establece es de un encanto tal que esas caídas en lo cotidiano se perdonan con facilidad.

No puedo más que decir chapeau ante Foekinos, aunque sea desde la distancia. Película y libro, ambos pueden robarle a uno al corazón, con esa delicadeza que llega como una bocanada de aire con olor a detergente, como en un anuncio (pero, por suerte, sin el anuncio). El autor y director logra dar un primer paso hacia el anhelo de muchos; literatura y cine al fin se dan la mano y conviven, sonrientes.

Pedro Páramo: El rompecabezas de las voces susurrantes

pedro_paramoHay clásicos que permanecen modestamente ocultos entre los montones de títulos que colman los libros de texto del instituto, los programas de divulgación literaria o los clubes de lectura de las bibliotecas. Que se libran del “claro que lo conozco, aunque no lo he leído”. Títulos que seguramente los estudiantes de filología habrán oído más de una vez, pero que no han llegado a formar parte del kit popular de conocimientos para el Trivial. Y que de repente salen a colación, por una cosa u otra, y le dejan a uno arrepentido de no haber sabido de su existencia, aunque hubiese sido de boca de la vecina del tercero.

Pedro Páramo forma parte de este curioso grupo: un aula de universitarios se llena de interrogantes mudos cuando el profesor pregunta por la obra cumbre de Juan Rulfo. Y mire usted por dónde, la siempre servicial Wikipedia les chiva a los más curiosos que se trata de una de las novelas más importantes de la literatura hispanoamericana y uno de los principales exponentes del movimiento que se conoce como “realismo mágico”. Venerada por grandes de las letras hispanas como García Márquez o Borges, parece que la novelita “no es moco de pavo”.

Y, efectivamente, cuando uno se mete entre sus páginas ya no encuentra la forma de salir. Las historias se van hilvanando entre sí como si tejieran una telaraña inquebrantable alrededor del lector. Las voces de los personajes se cuelan en su oído como si escaparan de entre las páginas en forma de susurro. Tiene algo de mágico, desde luego. Pero también mucho de realista. Y no hace falta haber estudiado literatura para comprender, al final de la lectura, en qué consiste el movimiento literario con el que se asocia la novela.

Es precisamente ese “realismo mágico” lo primero que fascina de Pedro Páramo: el autor logra, mediante un magistral manejo del lenguaje, hacer que los hechos más inverosímiles aparezcan ante el lector como normales, incluso cotidianos. Cuando Juan Preciado llega al pueblo ficticio de Comala para buscar a su padre (cuyo nombre da título a la novela), empieza a encontrarse con los espíritus de quienes un día habitaron el pueblo, actualmente desierto. Este hilo conductor principal se va cruzando con las  historias de los habitantes de Comala, especialmente con la de Pedro Páramo, el centro de gravitación de todas las almas, vivas o difuntas, que habitan el relato.

Esta historia de aparente fantasía se torna verosímil gracias a una narración realista, repleta de diálogos, descripciones, referencias y reflexiones subjetivas, mediante la que Rulfo sumerge al lector en el universo de la novela. Un universo en el que todo encaja con absoluta coherencia. La existencia o no de los fantasmas no supone un obstáculo; cuando leemos Pedro Páramo, es inevitable la sensación de estar asistiendo al chismorreo de un pueblo que perfectamente podría haber existido. Las rencillas entre los personajes, los sentimientos e inquietudes de cada uno de ellos y la amarga existencia a la que se enfrentan son muy parecidos a los que podemos encontrarnos en nuestro día a día, y el hecho de que nos lleguen a través de las voces de los muertos puede llegar a parecernos un mal menor.

A este particular realismo se une la fascinante estructura del libro. Entre sus páginas encontramos esparcidos con estratégico desorden los pedazos de la historia de los habitantes de Comala. Por lo tanto, nos vemos obligados a reconstruirlos como si se tratara de un rompecabezas. El reto que supone esta reconstrucción hace la lectura especialmente estimulante, aunque al mismo tiempo puede crear confusión. Es necesaria una lectura muy atenta para atar todos los cabos que nos ofrece el autor. Esta complejidad estructural, unida a su ligereza (tanto física como lingüística), hace de la novela en un buen sustitutivo del Brain Training y en un aliciente para aparcar (aunque sea por unas horas) la novela fácil o la lectura de aeropuerto sin tener que enfrentarse a un “ladrillo”.

Se añade al curioso (des)orden de la línea narrativa un constante cambio de narrador y de tiempo. Estas “mudas” (como las llama Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista) ayudan a romper con la posible monotonía del relato y a dar diversos puntos de vista sobre los acontecimientos. El lector se puede descolocar al principio, pero después uno se acostumbra a ese cambio constante, que le invita adivinar, casi en cada página, dónde y con quien se encuentra. Un nivel más, por lo tanto, para el juego al que nos invita la novela.

Además de los aspectos formales comentados, cabe destacar la calidad y la belleza de la prosa. En las evocadoras descripciones y en los monólogos interiores adivinamos a todo un poeta en Rulfo. Pero al mismo tiempo, el autor sabe controlar su estilo sin vacilar y, en los pasajes en que predomina la narración, ahorra en florituras para dejar paso a la claridad y al ritmo. En esta modulación reside gran parte del mérito del autor, que, cuando deja de ser pragmático, nos sorprende con imágenes como las estrellas “hinchadas de tanta noche”  o una Susana San Juan “restregada de luna”.

Hay que tener en cuenta que, para un lector español, puede resultar chocante la aparición constante de expresiones o palabras propias del habla mexicana. Esto supone al mismo tiempo una barrera y una interesante singularidad. Es complicado percibir como cercana una historia en que el lenguaje se aleja del estándar al que estamos acostumbrados. Y, al mismo tiempo, ese mismo lenguaje es el que dota a Pedro Páramo (al menos para el lector no latino) de una atmósfera propia y de una sonoridad inconfundible, aunque no se lea en voz alta. Esta lectura nos sirve, por lo tanto para ser más conscientes de la importancia de la musicalidad de la lengua: bastan un par de frases, sin que necesariamente haya en ellas vocabulario local, para darnos cuenta de que la novela suena a mexicano.

Pedro Páramo es, por lo tanto, un arma de doble filo. Difícil de entender en su totalidad sin una lectura atenta, pero a la vez tremendamente satisfactoria una vez se completa el rompecabezas. Confusa por no guiarnos, de la mano de un único narrador, hasta el final de la novela, pero innovadora y poliédrica por su diversidad de recursos. Con un vocabulario poco familiar, pero a la vez singular y enriquecedor. A pesar de las pequeñas dificultades, sin embargo, disfrutar de la calidad de su arquitectura narrativa y de su uso de la lengua merece, con creces, el pequeño esfuerzo. Un clásico, probablemente oculto para muchos, que vale la pena recuperar.

Miralls enfrontats

home_manuscritHavent acabat de llegir L’home manuscrit, hom es queda amb la sensació d’haver de tornar a   llegir-lo (una vegada i una altra, i una altra, i una al) per acabar de treure’n l’entrellat. El joc que Manuel Baixauli proposa al lector fa passar les pàgines àvidament, intentant buscar un ordre, una lògica, per allò que se li està explicant. És clar que tot és part d’un pla perfectament ordit, d’una col·lecció de nines russes que mai no sabrem quan acaba.

Baixauli ens endinsa dins de la història del personatge protagonista, que rep manuscrits anònims, petites històries que el conviden a replantejar-se certs aspectes de la seva vida. El llibre ens porta cap a una trobada entre el protagonista i el misteriós l’autor dels manuscrits. En conjunt, la novel·la suposa una reflexió profunda al voltant del “jo” i del món interior que es pot expressar a través de l’escriptura. L’escriptura com a teràpia, com a autocrítica i fins i tot com a reinvenció d’un mateix.

Però L’home manuscrit no és només reflexió. També es tracta d’un exercici literari d’important magnitud (parlant de forma figurada, ja que el llibre consta de poc més de 200 pàgines). L’autor experimenta pràcticament amb totes les dimensions possibles de l’acte escriptural, fent malabars amb els diversos elements: el narrador, els personatges principals i secundaris, l’espai i el temps, els diversos nivells de realitat, etc. Així, aconsegueix un llibre rodó, farcit de tècniques que funcionen amb brillantesa en la seva majoria i que fan les delícies de l’amant de la literatura, així com l’obsessió del lletraferit més analític. Sobta la fluïdesa amb que Baixauli assoleix un maneig àgil d’aquests recursos, sense que el seu ús resulti forçat. Fins i tot aconsegueix, malgrat les evidències constants de l’artifici literari, submergir el lector en la història i fer-lo trobar, dins del seu caràcter oníric, certa versemblança.

La construcció de personatges i d’espais es duu a terme de forma impecable i amb referències senzilles però molt encertades, que permeten visualitzar els elements inventats per l’autor com si haguessin existit sempre. De vegades, Baixauli se serveix de l’imaginari col·lectiu (una butaca que es gira per a descobrir el seu misteriós ocupant, per exemple), i d’altres, especialment en el cas dels personatges secundaris, inventa amb una punteria sorprenent quatre línies mestres que resulten (com en l’esbós d’un quadre) completament evocadores. L’autor dóna les pistes, i cadascú acaba de completar amb la seva imaginació la imatge del personatge o espai en qüestió. Així, aconsegueix crear una atmosfera molt particular al llarg de tot el relat que pot recordar al surrealisme oníric.

D’altra banda, cal destacar la precisió amb què l’autor va teixint cadascuna de les pàgines, paràgrafs i línies de la seva obra. A L’home manuscrit cada paraula és important; és com si cadascun dels mots hagués passat per una estricta selecció i supervisió abans de ser acceptat com a definitiu. Al mateix temps, l’estructura de la novel·la sembla resultat d’un magnífic pla perfectament tramat. Aquesta exactitud a l’hora de descriure, narrar i estructurar aconsegueix que el lector s’endinsi en l’univers del llibre, infinit i al mateix temps tancat en un cercle perfecte que sempre ens duu a un mateix punt. Com quan posem dos miralls davant per davant i obtenim un reflex que mai no s’acaba, per acabar sempre retornant a l’origen: la imatge reflectida.

Manuel Baixauli ens demostra, amb aquesta novel·la, el seu domini de l’art literari, i ens convida a reflexionar al voltant de la nostra pròpia vida. No obstant, l’autor se’n surt amb més encert de la vessant literària que no de la filosòfica. En els pensaments i teories que proposa el llibre podem trobar certa flaire de tòpic que no acaba de fer justícia a la complexitat formal del relat. Aquest abús de llocs comuns que estem acostumats a trobar, per exemple, en els llibres d’autoajuda, posa el llibre en risc d’atansar-se a la filosofia barata en alguns moments. Probablement, un plantejament més profund (o potser caldria dir més subtil) d’alguns dels temes filosòfics que es tracten a l’obra hauria estat més adient al to general.

Però, malgrat els tòpics, el llibre en conjunt resulta gratament sorprenent i agraït de llegir, per la seva exploració dels límits de la tècnica literària i per la seva riquesa, tant estilística com de contingut. És cabdal l’exploració de noves formes de tractar els temes universals que farceixen de manera inexorable els arguments de tota creació, i Manuel Baixauli ho aconsegueix, oferint una nova perspectiva des de la qual acostar-se a l’autoconeixement. Val la pena, doncs, fer una ullada (si és que algú és capaç de fer-hi només una ullada) a la proposta d’aquest prometedor autor. La perifèria, tant geogràfica com temàtica, acostuma a quedar abandonada pels editors i lectors, i aquesta novel·la, que es veu afectada en totes dues vessants, ha superat ambdues barreres, gràcies en part al talent del seu autor, en part als premis rebuts durant l’any de la seva publicació.

Una de les idees que planteja L’home manuscrit és la de que un llibre sobreviu si roman en el record d’aquells qui l’han llegit, i això, segons diu, succeeix només de tant en tant. Però aquest, tant pel seu caràcter innovador com per les qüestions que planteja, és de ben segur un llibre que serà recordat per molts dels qui gaudeixin de les seves pàgines; un llibre que sobreviurà. Els personatges —que juguen diversos rols però alhora són sempre els mateixos—; els relats manuscrits o “intervencions” amb què el protagonista es va trobant; les atmosferes singulars de cadascun dels fragments, i els infinits dietaris emmagatzemats, que contenen tota una vida (o potser més d’una, fins i tot), acompanyaran el lector fins molt després d’haver engolit la darrera pàgina d’aquest llibre de miralls enfrontats, d’universos infinits.