Des bouts de miroir

Crítica cultural y otros fragmentos. Un blog de Iris Carrera Lago.

Les délicatesses

Pocas veces se encuentra una adaptación cinematográfica que le satisfaga a uno tanto como el libro adaptado. Si mucho me apuran, al menos es complicado encontrar un caso en que libro y película provoquen en el lector/espectador un nivel de satisfacción similar. Solemos decantarnos. Es complicado, sin embargo, elegir entre La Delicadeza y La Delicadeza, ambas de David Foekinos, quien sorprende con su destreza para cambiar de medio de expresión sin perder la esencia de aquello que cuenta. La caricia es igualmente dulce en ambos casos, en el libro y en la película que vieron la luz en 2011. Esta última, que pasó injustamente desapercibida por las carteleras, sonará a muchos por estar protagonizada por Audrey Tatou.

Ya antes del esteno del film en España, leyendo las alabanzas que mi apreciada Anna Gavalda le regalaba a Foekinos, se instalaron en mí las buenas expectativas, que muchas veces son las peores enemigas del triunfo de una obra. Sin embargo, la decepción ni se asomó en los 108 minutos que dura la película. La fotografía, impecable, crea una estética algo naïf sin llegar a empalagar; el guión, intachable en su adaptación, añade lo que falta y omite lo que sobra (aunque quizá la voz en off hubiese sido prescindible); la selección de los actores y su interpretación, justo en el clavo; el resultado global, la satisfacción, la sonrisa y el silencio (ese importantísimo silencio) a la salida del cine. La reflexión propia de las películas que dejan tras de sí algo más que una mera anécdota. Y la delicadeza, por supuesto; la ternura puesta en imágenes. Y, poco antes, en palabras sobre las páginas del libro con el mismo título.

Esa otra Delicadeza sobre papel nos habla al oído con persuasión y picardía desde la primera línea, y no nos deja en paz ni siquiera cuando no leemos.

El autor se hace presente en todo momento mediante las notas al pie (pequeños comentarios que provocan esa sonrisa cómplice tan difícil de lograr), y con las pequeñas referencias (literarias, musicales, cinematográficas) que va dejando cual Pulgarcito con sus migas de pan. Y su presencia, sorprendentemente, no nos desvía ni un ápice del cauce de una historia de grandes verdades, transparente y a la vez encantadoramente ficcionada. Está claro que el artificio existe, que quizá todo parecido con la realidad sea pura coincidencia, pero en ese caso hay muchísimas (y muy bienvenidas) coincidencias.

Quizá la calidad literaria no sea lo que más destaca (se trata de una prosa sencilla y ortodoxa que probablemente nos recuerde a otras tantas lecturas), pero el vínculo libro-lector que se establece es de un encanto tal que esas caídas en lo cotidiano se perdonan con facilidad.

No puedo más que decir chapeau ante Foekinos, aunque sea desde la distancia. Película y libro, ambos pueden robarle a uno al corazón, con esa delicadeza que llega como una bocanada de aire con olor a detergente, como en un anuncio (pero, por suerte, sin el anuncio). El autor y director logra dar un primer paso hacia el anhelo de muchos; literatura y cine al fin se dan la mano y conviven, sonrientes.

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Pedro Páramo: El rompecabezas de las voces susurrantes

pedro_paramoHay clásicos que permanecen modestamente ocultos entre los montones de títulos que colman los libros de texto del instituto, los programas de divulgación literaria o los clubes de lectura de las bibliotecas. Que se libran del “claro que lo conozco, aunque no lo he leído”. Títulos que seguramente los estudiantes de filología habrán oído más de una vez, pero que no han llegado a formar parte del kit popular de conocimientos para el Trivial. Y que de repente salen a colación, por una cosa u otra, y le dejan a uno arrepentido de no haber sabido de su existencia, aunque hubiese sido de boca de la vecina del tercero.

Pedro Páramo forma parte de este curioso grupo: un aula de universitarios se llena de interrogantes mudos cuando el profesor pregunta por la obra cumbre de Juan Rulfo. Y mire usted por dónde, la siempre servicial Wikipedia les chiva a los más curiosos que se trata de una de las novelas más importantes de la literatura hispanoamericana y uno de los principales exponentes del movimiento que se conoce como “realismo mágico”. Venerada por grandes de las letras hispanas como García Márquez o Borges, parece que la novelita “no es moco de pavo”.

Y, efectivamente, cuando uno se mete entre sus páginas ya no encuentra la forma de salir. Las historias se van hilvanando entre sí como si tejieran una telaraña inquebrantable alrededor del lector. Las voces de los personajes se cuelan en su oído como si escaparan de entre las páginas en forma de susurro. Tiene algo de mágico, desde luego. Pero también mucho de realista. Y no hace falta haber estudiado literatura para comprender, al final de la lectura, en qué consiste el movimiento literario con el que se asocia la novela.

Es precisamente ese “realismo mágico” lo primero que fascina de Pedro Páramo: el autor logra, mediante un magistral manejo del lenguaje, hacer que los hechos más inverosímiles aparezcan ante el lector como normales, incluso cotidianos. Cuando Juan Preciado llega al pueblo ficticio de Comala para buscar a su padre (cuyo nombre da título a la novela), empieza a encontrarse con los espíritus de quienes un día habitaron el pueblo, actualmente desierto. Este hilo conductor principal se va cruzando con las  historias de los habitantes de Comala, especialmente con la de Pedro Páramo, el centro de gravitación de todas las almas, vivas o difuntas, que habitan el relato.

Esta historia de aparente fantasía se torna verosímil gracias a una narración realista, repleta de diálogos, descripciones, referencias y reflexiones subjetivas, mediante la que Rulfo sumerge al lector en el universo de la novela. Un universo en el que todo encaja con absoluta coherencia. La existencia o no de los fantasmas no supone un obstáculo; cuando leemos Pedro Páramo, es inevitable la sensación de estar asistiendo al chismorreo de un pueblo que perfectamente podría haber existido. Las rencillas entre los personajes, los sentimientos e inquietudes de cada uno de ellos y la amarga existencia a la que se enfrentan son muy parecidos a los que podemos encontrarnos en nuestro día a día, y el hecho de que nos lleguen a través de las voces de los muertos puede llegar a parecernos un mal menor.

A este particular realismo se une la fascinante estructura del libro. Entre sus páginas encontramos esparcidos con estratégico desorden los pedazos de la historia de los habitantes de Comala. Por lo tanto, nos vemos obligados a reconstruirlos como si se tratara de un rompecabezas. El reto que supone esta reconstrucción hace la lectura especialmente estimulante, aunque al mismo tiempo puede crear confusión. Es necesaria una lectura muy atenta para atar todos los cabos que nos ofrece el autor. Esta complejidad estructural, unida a su ligereza (tanto física como lingüística), hace de la novela en un buen sustitutivo del Brain Training y en un aliciente para aparcar (aunque sea por unas horas) la novela fácil o la lectura de aeropuerto sin tener que enfrentarse a un “ladrillo”.

Se añade al curioso (des)orden de la línea narrativa un constante cambio de narrador y de tiempo. Estas “mudas” (como las llama Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista) ayudan a romper con la posible monotonía del relato y a dar diversos puntos de vista sobre los acontecimientos. El lector se puede descolocar al principio, pero después uno se acostumbra a ese cambio constante, que le invita adivinar, casi en cada página, dónde y con quien se encuentra. Un nivel más, por lo tanto, para el juego al que nos invita la novela.

Además de los aspectos formales comentados, cabe destacar la calidad y la belleza de la prosa. En las evocadoras descripciones y en los monólogos interiores adivinamos a todo un poeta en Rulfo. Pero al mismo tiempo, el autor sabe controlar su estilo sin vacilar y, en los pasajes en que predomina la narración, ahorra en florituras para dejar paso a la claridad y al ritmo. En esta modulación reside gran parte del mérito del autor, que, cuando deja de ser pragmático, nos sorprende con imágenes como las estrellas “hinchadas de tanta noche”  o una Susana San Juan “restregada de luna”.

Hay que tener en cuenta que, para un lector español, puede resultar chocante la aparición constante de expresiones o palabras propias del habla mexicana. Esto supone al mismo tiempo una barrera y una interesante singularidad. Es complicado percibir como cercana una historia en que el lenguaje se aleja del estándar al que estamos acostumbrados. Y, al mismo tiempo, ese mismo lenguaje es el que dota a Pedro Páramo (al menos para el lector no latino) de una atmósfera propia y de una sonoridad inconfundible, aunque no se lea en voz alta. Esta lectura nos sirve, por lo tanto para ser más conscientes de la importancia de la musicalidad de la lengua: bastan un par de frases, sin que necesariamente haya en ellas vocabulario local, para darnos cuenta de que la novela suena a mexicano.

Pedro Páramo es, por lo tanto, un arma de doble filo. Difícil de entender en su totalidad sin una lectura atenta, pero a la vez tremendamente satisfactoria una vez se completa el rompecabezas. Confusa por no guiarnos, de la mano de un único narrador, hasta el final de la novela, pero innovadora y poliédrica por su diversidad de recursos. Con un vocabulario poco familiar, pero a la vez singular y enriquecedor. A pesar de las pequeñas dificultades, sin embargo, disfrutar de la calidad de su arquitectura narrativa y de su uso de la lengua merece, con creces, el pequeño esfuerzo. Un clásico, probablemente oculto para muchos, que vale la pena recuperar.

Los Miserables: la bisutería también brilla

Teniendo en cuenta las altas expectativas que genera un título como Los Miserables, decir que la película no decepciona al verla ya supone un tanto a su favor. Uno sale de la sala con la sensación de haber visto, aunque no una gran película, un espectáculo cargado de dramatismo, en muchos momentos conmovedor hasta la médula.

Quizá lo que más sorprenda es el poco dinamismo del montaje tratándose de un musical. Los convencionalismos estéticos del género no están presentes en Los Miserables, que se preocupa más de cargar el film de emotividad que de otorgar a los temas musicales un marco audiovisual rico. Los primeros planos son habituales  y contribuyen a la identificación con los protagonistas, así como al lucimiento de los actores. De hecho, el nivel de las interpretaciones (tanto dramáticas como musicales) es uno de los puntos fuertes de la película. Sorprende una inspiradísima Anne Hathaway, que logra emocionar con su gran actuación. El plano secuencia en que la actriz interpreta el conocido tema “I dreamed a dream” nos deja encandilados gracias a la voz y a la expresividad de Hathaway, y se convierte en uno de los mejores momentos de la película.

La música no da prácticamente ni un respiro al espectador en las dos horas y media de metraje; el final de una canción da paso, de forma casi inmediata, al inicio de la siguiente. Así, se echa de menos el silencio, y a uno le da la sensación de que el director ha querido “embutir” en la película todos y cada uno de los temas del musical homónimo. Quizá en este caso la fidelidad extrema al libreto original se podría haber doblegado ante la adaptación al formato cinematográfico, con algún que otro recorte y algo más de espacio para el descanso de los oídos.

La película es fiel a la versión teatral no solamente en su banda sonora, sino también en cuanto a las localizaciones, los personajes y la sucesión de escenas. Quizá eso hace que se quede corta en cuanto a recursos puramente cinematográficos y, aunque la emotividad de los planos compense su poca variedad y haga la película algo más ágil que el propio musical, se queda en un mero calco que traslada la historia del escenario a la pantalla sin demasiados cambios.

En conjunto, la película se salva no por su calidad como obra audiovisual, sino por las grandes interpretaciones y por la efectiva forma en que explota la sensibilidad del espectador. El juego con el humor también funciona muy bien, gracias en gran parte a la complicidad y la picardía de Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter, quien, por cierto, vuelve a deleitarnos con el talento para los musicales que ya demostró tener en Sweeney Todd.

A pesar de hacerse larga en algunos momentos por la sucesión de canciones sin descanso, la película nos deja una sensación de plenitud, en que cada uno de los momentos parece haber dado lugar a una emoción distinta. Desde la tristeza que nos provocan los dramas personales de los protagonistas hasta la satisfacción y la alegría con la que los rebeldes defienden la libertad de su pueblo. En definitiva, se trata de una cinta que a pesar de sus carencias logra su objetivo principal: dejar a su público con las emociones a flor de piel.

Tarragona le da una alegría a la cultura

El Teatre Tarragona se inaugura en un acto vistoso y emotivo

El pasado martes tuvo lugar en Tarragona la esperadísima inauguración del nuevo teatro de la ciudad, con el mismo nombre. La emoción de estrenar un nuevo teatro es todavía más grande teniendo en cuenta el contexto en el que nos encontramos, en que la cultura es uno de los ámbitos que más sufren. La capitalidad de la Cultura Catalana, sin embargo, parece haber dado a Tarragona el empujón necesario para la apertura de este nuevo espacio. Toda una alegría para la cultura de la ciudad.

El edificio abrió sus puertas con un espectáculo inaugural que empezó en la calle: representantes de distintas entidades relacionadas con las artes escénicas llevaron antorchas desde el Teatre Metropol hasta el Teatre Tarragona, como si el teatro modernista ofreciera su beneplácito y sus mejores deseos al nuevo espacio. Con el fuego de las antorchas se encendió la mecha que dio lugar a una pequeña exhibición de fuegos artificiales, dando un aire grandilocuente a la inauguración. Ayudaba la música, de un dramatismo absoluto, muy bien elegida para el momento. Asimismo, se ofreció una bengala a cada uno de los presentes para que cada uno pudiera aportar su propia “chispa” a la creación de ese instante inolvidable.

A continuación, los invitados pudimos al fin entrar en el nuevo teatro. Su diseño rehúye lo clásico de edificios como el Teatre Fortuny de Reus, pero no consigue llegar a una estética “moderna” (probablemente la que se pretendía) y se queda, al menos en la sala principal, en un estilo muy poco elegante y algo recargado. El hall consigue una apariencia mucho más acertada, sobre todo gracias a la obra del pintor tarraconense Josep Maria Rosselló, Tríptic lorquià, que preside el fondo de la sala.

Pisando por primera vez el escenario del Teatre Tarragona pudimos ver a representantes de las diferentes artes escénicas, presentados por cinco bailarinas que encarnaban a las musas correspondientes. El teatro, la danza y la música pasaron por las tablas en forma de breves representaciones, desde una concepción algo conservadora, dado que ni las artes circenses ni la magia tuvieron representación (quizá porque carecen de musa).  En este sentido, la de danza fue la más completa de las demostraciones, ya que incluyó una muestra de ballet clásico y un espectáculo contemporáneo a cargo de la Cia. Plan B. La compañía hizo gala de una sorprendente técnica, en una actuación de calidad que hizo honor a la dimensión del acto. Al mismo tiempo, las características del montaje permitieron que se exhibiera el equipamiento de iluminación del teatro.

A diferencia de la danza contemporánea, precisamente el arte ancestralmente vinculado al edificio, el teatro, fue el que menos lució en la velada. Este se limitó a una lectura dramatizada muy sencilla y con poco esfuerzo por parte de unos actores autóctonos que tenían mucho más que ofrecer (como han demostrado ampliamente en sus respectivas carreras). Para la inauguración del teatro se hubiera esperado que la actuación dramática brillara más que ninguna otra, en vez de quedarse en un sencillo ejercicio de lectura.

En cuanto a la música, quedó representada en su faceta más clásica por Àngel Òdena, que interpretó una serie de piezas operísticas. El repertorio, poco conocido, quizá no fue el más adecuado, y resultó como mínimo extraño que el barítono abandonara el escenario después de la primera pieza para beber agua. Además, antes de hacer un bis hacia el final del acto, Òdena se permitió el lujo de dar un discurso que estaba fuera de guion, con unas ínfulas que, a decir verdad, no se correspondían con la calidad de su actuación.

Antes del bis y de los saludos correspondientes, el alcalde, Josep Fèlix Ballesteros, dio un pequeño discurso, muy adecuado para la ocasión, pero que los presentes ya habían podido leer en el folleto que se entregaba al inicio del acto. Eso sí, no constaba escrito en ninguna parte el primer fragmento, en que Ballesteros se salió del guion, según él mismo reconoció, para recordar su infancia en lo que antaño fuera una sala de cine, mostrando a la vez su nostalgia y su alegría ante la reapertura del edificio en forma de teatro.

La noche se cerró con la actuación de la Banda Unió Musical de Tarragona, después de que se recogieran las bambalinas para mostrarnos el esqueleto del escenario. La banda ofreció una pieza contemporánea que descolocó a gran parte del público: la simulación del ambiente de una taberna por parte de los músicos, que formaba parte de la ejecución de la obra, se confundió al inicio de la pieza con la falta de compostura por parte del grupo. Los músicos salieron de la sala tocando un pasodoble e invitando al público a seguirles hacia la salida. La elección del pasodoble como cierre de la actuación ha sido censurada por algunos, pero, con el carácter alegre de la pieza, la banda consiguió crear un fin de fiesta que invitaba a salir al hall (donde se ofrecía una copa de cava a los asistentes) con una sonrisa.

El acto, pese a sus evidentes carencias, fue emotivo y estuvo lleno de sorpresas. Desde la pirotecnia inicial hasta la lluvia de papelitos de colores que cayó sobre el público hacia el final, en cada uno de los cuales se leía “Teatre Tarragona. Hi tens un paper”,  pasando por la entrega a cada persona, junto con el programa, de una copia en miniatura de la obra de Rosselló. Todo perfectamente articulado para que cada uno de los asistentes se sintiera parte de un evento irrepetible en el que se daba comienzo a una nueva etapa para las artes y, en especial, para el teatro de la ciudad. Un nuevo espacio que, esperemos, traerá consigo más variedad para la oferta cultural de Tarragona.

Como la vida misma

El Menú del día de la Trono

La nueva producción de la Sala Trono ha llenado durante dos fines de semana el hogar del teatro de pequeño formato en Tarragona. Joan Negrié dirige esta comedia (con un toque dramático marca de la casa, todo sea dicho), en la que Paloma Arza y Carmen Flores, dos actrices de armas tomar, se ponen frente a los fogones para encarnar a dos cocineras de un restaurante de menús baratos.

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El texto, de Marília Samper, juega la carta del humor  desde los primeros minutos. Las dos protagonistas, sin sentido del ridículo alguno y en la aparente intimidad de esa cocina en la que se convierte el escenario, se gastan bromas mutuamente, hacen gala de su  bajo estatus social y van rellenando, cada vez con más frecuencia, sus respectivas copitas de vino. Sueñan con un viaje California que les haga olvidar sus penurias: el premio de un concurso de llamadas telefónicas. Así, entre las risas casi continuas de la representación se van asomando la miseria y la desgracia más hondas de dos personajes llenos de deseos frustrados, carencias afectivas y vacío existencial. Las dos actrices encarnan con gran acierto a estas dos antiheroínas, y consiguen ganarse tanto la carcajada como la ternura del público.  Van de la lágrima al desternille en escasos segundos y hacen un trabajo físico continuo que enriquece el conjunto de la obra.

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Cabe destacar el atrezzo, eficaz, funcional y relativamente sencillo, aunque no por ello poco vistoso, y que fue creado en parte gracias a la aportación popular de utensilios de cocina. También es digno de mención el trabajo de iluminación, que aporta dramatismo a la pieza, especialmente en los momentos finales. El aspecto del sonido es quizá el menos acertado, con una voz en off que pretende simular la telenovela que siguen las cocineras, pero que al estar grabada con la voz de las propias actrices pierde verosimilitud. Quitando esta pequeña salvedad, todos los elementos se unen en un resultado en el que todas las piezas encajan con coherencia, bajo una  coordinación y una modulación adecuadas. 

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En conjunto se trata de un montaje que combina a la perfección la comedia ligera con temas profundos como la frustración o los vínculos emocionales, y que nos acaba recordando bastante, al fin y al cabo, a la vida, en que risa y llanto conviven sin tapujos. Y todo llevado a cabo con el dramatismo justo, una buena interpretación y una puesta en escena atinada. Una recomendación entretenida (pero no banal) para esta temporada.

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Miniput 2012: un paso más hacia una TV de calidad

El pasado sábado 1 de diciembre se celebró en Barcelona y, como cada año, en el CCCB, la última edición del Miniput. Se trata de una pequeña muestra de los nuevos formatos televisivos innovadores presentados en el Input, un festival europeo de programas y documentales de calidad para la TV pública.

IMG_2211Esta edición de 2012 trajo consigo muy buenas ideas en el ámbito cultural, en el que la calidad de los contenidos no tiene por qué estar reñida con su carácter divulgativo. Esto se demostró con creces en los programas Photo for life y Masterpiece scandal. El primero es un reality basado en el coach, al estilo de “Supernanny” o “Hermano mayor”, aplicado a las artes visuales. El controvertido fotógrafo Oliviero Toscani enseña a una serie de jóvenes, la mayoría profesionales de la fotografía, a sacar partido de su talento a la hora de captar imágenes. Se trata de un formato atractivo para el gran público, con un contenido interesante y en el que no faltan las reflexiones alrededor de la creación artística. En el caso de Masterpiece Scandall, un magazine coreano, se debate en plató sobre un aspecto controvertido de una obra de arte. Esto permite captar, mediante el “morbo del escándalo”, la atención de la audiencia, y al mismo tiempo divulgar información tanto de los autores como de las obras, acercando el arte a un público generalista. Además, el programa cuenta con un toque cómico que, junto con la infografía y las actuaciones en directo, contribuye a hacer atractivos los contenidos. Dos grandes iniciativas para acercar a todo el mundo la cultura y el arte.

Por otro lado, cabe destacar una serie de programas que se presentan como un punto de partida para la reflexión y el debate e invitan al espectador tener un papel activo respecto a lo que está viendo. Algunos ejemplos son la serie Diabolical Dilemas y los documentales Sunny side of sex DignitasDiabolical Dilemas es una serie de formato cercano al cinematográfico, hecha con la colaboración de diversos directores y filósofos holandeses, que plantea dilemas morales serios ante los que nos podríamos encontrar. El capítulo emitido en el festival, por ejemplo, trata sobre una feminista convencida cuya hija se convierte a la religión musulmana. De esta manera, se invita al espectador a ponerse en el lugar de los protagonistas y enfrentarse, como ellos, al dilema planteado. En cuanto a los documentales, en Sunny side of sex la realizadora Sunny Bergman viaja a través de diferentes países (en el programa que se emitió se trataba de Uganda) para explorar diversas visiones de la sexualidad. Así, Bergman pone en cuestión la idea de que en Europa tenemos una mentalidad sexualmente abierta. Por su parte, Dignitas habla de una asociación en Suiza con el mismo nombre que se dedica a dar asistencia en suicidio (principalmente a enfermos terminales), una práctica permitida en muy pocos países. En el documental se graba el proceso por el que pasa una de las enfermas desde que decide recibir la muerte asistida hasta que se traslada a Suiza y ve cumplida su voluntad. El documental, por lo controvertido de su contenido, abre diversos frentes de debate en torno al tema que trata. Estos tres programas constituyen, en definitiva,  tres maneras distintas de hacer pensar y de plantearse cuestiones que afectan a nuestro entorno.

El momento de más afluencia del día, sin embargo, fue el protagonizado por Jordi Évole. El presentador de Salvados se encargó de introducir un programa belga similar al suyo, Basta, y de moderar el debate posterior. En Basta se destapan y fraudes como los de las teleoperadoras de las compañías telefónicas o los programas del late night en que se ofrece un premio a quien resuelva un enigma. El éxito del programa llevó incluso a que la ley sobre los programas televisivos fraudulentos terminara por hacerse más restrictiva. Las preguntas le llovieron no solo al invitado (uno de los humoristas que realizan el programa), sino también a Évole, que habló de la importancia de que tanto el público como el canal televisivo den su apoyo a este tipo de programas para permitir que sobrevivan pese a los ataques de las empresas privadas a las que denuncian. También destacó la importancia de las redes sociales en ese sentido, que pueden convertirse en un arma contra el poder de las empresas anunciantes y sus presiones.

La idea de la doble pantalla (ordenador y televisión) también tuvo su espacio en el Miniput 2012 con Who is in who is out, una serie con un ingrediente de talent-show en la que el espectador tiene la oportunidad de participar, primero mediante las redes sociales, y más tarde, si es seleccionado, como uno de los personajes de la serie. Un nuevo paso hacia un vínculo de retroalimentación entre las plataformas cibernética y televisiva, y una buena alternativa a la competencia entre ambos medios. Asimismo, y en este caso únicamente para la red, se presentó el documental interactivo Bear 71, un viaje a través de un parque natural en que vemos cómo el factor humano afecta a la vida salvaje y a animales como el oso protagonista.

Hacia el final de la jornada se llevó a cabo la sección de “Perlas Locales”, en que se presentaban algunas iniciativas interesantes de nuestras tierras. Destacó la propuesta del CCCB con su programa Soy Cámara, coproducido con TVE, que nos acerca al arte contemporáneo y mediante él a la reflexión social. La XTVL sorprendió con Televisió Espai Expositiu, una reflexión sobre la TV formada por micropiezas de diversos artistas. También se proyectó el cortometraje Human Core (derivado de un programa televisivo con el mismo nombre) sobre el experimento Milgram, que estudió la capacidad del ser humano de cometer actos crueles cuando se encuentra siguiendo órdenes. El cortometraje resultaría muy interesante si no fuera por su sospechoso parecido con Le jeu de la mort, un documental que se presentó en el Miniput 2011 en que se trataba el mismo tema con una estructura narrativa similar. Por último, se presentó un programa de TV3, Actua, de un formato bastante convencional y en que la corrección política parece ser protagonista, pero que puede ser interesante como herramienta de divulgación cultural.

En síntesis, el Miniput ha sido, como cada año, un interesante escaparate de las nuevas tendencias en el panorama televisivo. Un pequeño paso para acercarnos un poco más a la televisión de calidad, culturalmente inquieta y promotora de la reflexión.

Página web del Miniput: www.miniput.cat

Miralls enfrontats

home_manuscritHavent acabat de llegir L’home manuscrit, hom es queda amb la sensació d’haver de tornar a   llegir-lo (una vegada i una altra, i una altra, i una al) per acabar de treure’n l’entrellat. El joc que Manuel Baixauli proposa al lector fa passar les pàgines àvidament, intentant buscar un ordre, una lògica, per allò que se li està explicant. És clar que tot és part d’un pla perfectament ordit, d’una col·lecció de nines russes que mai no sabrem quan acaba.

Baixauli ens endinsa dins de la història del personatge protagonista, que rep manuscrits anònims, petites històries que el conviden a replantejar-se certs aspectes de la seva vida. El llibre ens porta cap a una trobada entre el protagonista i el misteriós l’autor dels manuscrits. En conjunt, la novel·la suposa una reflexió profunda al voltant del “jo” i del món interior que es pot expressar a través de l’escriptura. L’escriptura com a teràpia, com a autocrítica i fins i tot com a reinvenció d’un mateix.

Però L’home manuscrit no és només reflexió. També es tracta d’un exercici literari d’important magnitud (parlant de forma figurada, ja que el llibre consta de poc més de 200 pàgines). L’autor experimenta pràcticament amb totes les dimensions possibles de l’acte escriptural, fent malabars amb els diversos elements: el narrador, els personatges principals i secundaris, l’espai i el temps, els diversos nivells de realitat, etc. Així, aconsegueix un llibre rodó, farcit de tècniques que funcionen amb brillantesa en la seva majoria i que fan les delícies de l’amant de la literatura, així com l’obsessió del lletraferit més analític. Sobta la fluïdesa amb que Baixauli assoleix un maneig àgil d’aquests recursos, sense que el seu ús resulti forçat. Fins i tot aconsegueix, malgrat les evidències constants de l’artifici literari, submergir el lector en la història i fer-lo trobar, dins del seu caràcter oníric, certa versemblança.

La construcció de personatges i d’espais es duu a terme de forma impecable i amb referències senzilles però molt encertades, que permeten visualitzar els elements inventats per l’autor com si haguessin existit sempre. De vegades, Baixauli se serveix de l’imaginari col·lectiu (una butaca que es gira per a descobrir el seu misteriós ocupant, per exemple), i d’altres, especialment en el cas dels personatges secundaris, inventa amb una punteria sorprenent quatre línies mestres que resulten (com en l’esbós d’un quadre) completament evocadores. L’autor dóna les pistes, i cadascú acaba de completar amb la seva imaginació la imatge del personatge o espai en qüestió. Així, aconsegueix crear una atmosfera molt particular al llarg de tot el relat que pot recordar al surrealisme oníric.

D’altra banda, cal destacar la precisió amb què l’autor va teixint cadascuna de les pàgines, paràgrafs i línies de la seva obra. A L’home manuscrit cada paraula és important; és com si cadascun dels mots hagués passat per una estricta selecció i supervisió abans de ser acceptat com a definitiu. Al mateix temps, l’estructura de la novel·la sembla resultat d’un magnífic pla perfectament tramat. Aquesta exactitud a l’hora de descriure, narrar i estructurar aconsegueix que el lector s’endinsi en l’univers del llibre, infinit i al mateix temps tancat en un cercle perfecte que sempre ens duu a un mateix punt. Com quan posem dos miralls davant per davant i obtenim un reflex que mai no s’acaba, per acabar sempre retornant a l’origen: la imatge reflectida.

Manuel Baixauli ens demostra, amb aquesta novel·la, el seu domini de l’art literari, i ens convida a reflexionar al voltant de la nostra pròpia vida. No obstant, l’autor se’n surt amb més encert de la vessant literària que no de la filosòfica. En els pensaments i teories que proposa el llibre podem trobar certa flaire de tòpic que no acaba de fer justícia a la complexitat formal del relat. Aquest abús de llocs comuns que estem acostumats a trobar, per exemple, en els llibres d’autoajuda, posa el llibre en risc d’atansar-se a la filosofia barata en alguns moments. Probablement, un plantejament més profund (o potser caldria dir més subtil) d’alguns dels temes filosòfics que es tracten a l’obra hauria estat més adient al to general.

Però, malgrat els tòpics, el llibre en conjunt resulta gratament sorprenent i agraït de llegir, per la seva exploració dels límits de la tècnica literària i per la seva riquesa, tant estilística com de contingut. És cabdal l’exploració de noves formes de tractar els temes universals que farceixen de manera inexorable els arguments de tota creació, i Manuel Baixauli ho aconsegueix, oferint una nova perspectiva des de la qual acostar-se a l’autoconeixement. Val la pena, doncs, fer una ullada (si és que algú és capaç de fer-hi només una ullada) a la proposta d’aquest prometedor autor. La perifèria, tant geogràfica com temàtica, acostuma a quedar abandonada pels editors i lectors, i aquesta novel·la, que es veu afectada en totes dues vessants, ha superat ambdues barreres, gràcies en part al talent del seu autor, en part als premis rebuts durant l’any de la seva publicació.

Una de les idees que planteja L’home manuscrit és la de que un llibre sobreviu si roman en el record d’aquells qui l’han llegit, i això, segons diu, succeeix només de tant en tant. Però aquest, tant pel seu caràcter innovador com per les qüestions que planteja, és de ben segur un llibre que serà recordat per molts dels qui gaudeixin de les seves pàgines; un llibre que sobreviurà. Els personatges —que juguen diversos rols però alhora són sempre els mateixos—; els relats manuscrits o “intervencions” amb què el protagonista es va trobant; les atmosferes singulars de cadascun dels fragments, i els infinits dietaris emmagatzemats, que contenen tota una vida (o potser més d’una, fins i tot), acompanyaran el lector fins molt després d’haver engolit la darrera pàgina d’aquest llibre de miralls enfrontats, d’universos infinits.

Con B mayúscula.

Belbel, Bosch y Boixaderas se lucen en La Bête

La despedida de Sergi Belbel del Nacional pisa con fuerza, con un elenco admirable y un texto que brilla gracias tanto a las voces que lo interpretan como a la traducción de  Joan Sellent, que lo adapta a la lengua catalana con un resultado más que satisfactorio.

El argumento gira en torno a dos dramaturgos y actores, uno de ellos, defensor de la tragedia culta, sobrio, distinguido y acostumbrado a escribir para las altas esferas; el otro, un cómico egocéntrico y pagado de sí mismo, que busca pretenciosamente la aclamación de las masas. Ambos, representantes respectivamente del teatro elitista y el popular, se ven obligados a trabajar juntos por orden del príncipe, que desea aportar la presunta brillantez de Valère (el cómico, la “bestia” a la que hace referencia el título) al repertorio habitual y desgastado de Elomire, el autor habitual.

La obra, escrita originalmente en verso, mantiene la esencia de los alejandrinos con un tono a la vez culto y nada forzado, adaptado a un lenguaje actual que no deja de ser rico y complejo. A su vez, los actores consiguen recitar los versos con naturalidad, consiguiendo no caer en la monotonía que acecha peligrosamente a este tipo de textos. De esta manera, se consigue que la rima del texto le otorgue una sonoridad singular, pero que no sea la protagonista de una obra cuya complejidad se consigue transmitir al público gracias a la experta dirección que tiene detrás.

Un gran esfuerzo actoral permite que podamos disfrutar plenamente de la obra tanto en su vertiente más cómica como en la más reflexiva. En el primer caso, es Jordi Bosch quien, con su papel protagonista, se luce al máximo y da una gran diversidad de matices a un personaje que se enriquece gracias a su trabajo. El mérito de Bosch se multiplica teniendo en cuenta que preparó el papel con escasa antelación, ante la baja por enfermedad de la actriz elegida originalmente para el papel , Anna Lizaran. En cuanto a la reflexión, Jordi Boixaderas lleva a cabo una interpretación también muy destacable, menos llamativa por su contención, pero loable precisamente por la dificultad que esta supone. Además, hay que mencionar a Queralt Casasayas, que logra que su personaje —una criada con un trastorno del habla que solo le permite pronunciar monosílabos con la letra u— llegue a enternecernos a pesar de su escaso diálogo, mediante un gran trabajo de expresión corporal.  En definitiva, un gran equipo actoral que, bajo la dirección de Belbel, exprime y enriquece el texto al máximo.

Sin embargo, la puesta en escena no es del todo acertada y hace que el resultado pierda fuerza.  La presencia en el escenario de actores que no intervienen en la acción principal, así como de elementos de atrezzo innecesarios, se convierten en distracciones para el espectador que quitan importancia a la actuación de los dos protagonistas, y los empequeñecen en un espacio escénico que acaba resultando demasiado amplio y disperso. Este aspecto mejora hacia el final de la obra, en que los elementos presentes en el escenario se utilizan con más acierto.

La Bête es, definitivamente, recomendable por sus brillantes interpretaciones, y la dirección de Belbel está a la altura del texto. Pese a sus pequeños defectos, la calidad de la traducción, la reflexión que plantea y su plantilla de lujo hacen de La Bête todo un acierto del TNC.